Marcos Visconti - Capítulo VIII
por Tommaso Grossi
revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi
Conferencia de Marcos y Ottonio - Viaje de la familia del Balzo
Ottorino, que al llamado de Marcos había corrido a Milán, llegó al palacio de Este. Allí dejó a Lupo en una sala junto a algunos soldados y entró en un gabinete interior, donde el señor de la casa estaba dictando una carta a un viejo secretario.
Marcos era un hombre alto. La edad que contaba entonces —poco más de cincuenta años— y las incomodidades de una vida agitada y tempestuosa habían robado a su rostro la frescura primera, aquel ardor juvenil rebosante de lozanía. En su lugar se veía ahora una gravedad severa pero dulce, un orgullo apacible, un aire de melancolía que revelaba su habitual descontento interior, aunque sin amargura ni hiel.
Sobre aquel rostro algo delgado y pálido —quizás demasiado— destacaba el negro de una barba espesa y bien cuidada, de unas cejas prolongadas y de dos ojos centelleantes. A veces, sus mejillas se teñían de un vivo encarnado, señal de una conmoción interna; en esos momentos parecía rejuvenecer: aquel tinte fugaz le devolvía un no sé qué de su antigua hermosura, con una mezcla singular de soberanía y retraimiento.
Pero quien observara aquel rostro desfigurarse de repente en un acceso de cólera —la palidez habitual tornándose en un gris más intenso, la frente arrugándose, los ojos oscureciéndose y brillando de modo siniestro— habría creído ver la superficie tersa de un lago cuando una ráfaga de viento la agita de improviso y levanta la tempestad.
Vestía un ropón de terciopelo negro, abierto por delante y forrado de marta cibelina; debajo, un traje de seda ceñido a la cintura con una faja y una rica hebilla de oro. Llevaba también un largo puñal con mango guarnecido de rubíes: uno de aquellos puñales llamados entonces la misericordia, porque una vez derribado el contrario servían para despacharlo pronto, dándole el golpe que llamaban de gracia.
Tenía la cabeza descubierta, mostrando su cabello negro, partido sobre una frente ancha y majestuosa, descendiendo por ambos lados hasta la altura de las orejas, siguiendo los contornos del rostro.
Al ver entrar a Ottorino, le indicó con la mano que se sentara y dijo:
—Un momento, y estoy contigo.
Luego se acercó al secretario, que con la pluma suspendida miraba a su señor como queriendo retirarse.
—No, no —dijo Marcos—, proseguid. Mi primo debe saberlo todo.
Y continuó dictando las últimas cláusulas de una carta para Bolonia, dirigida al legado del papa. La carta estaba escrita en el tosco latín de aquel tiempo, y sus últimas palabras —las que oyó Ottorino, y que traducimos— decían lo siguiente:
«Castel Leprio y la Martesana aún conocen mi voz. Los amigos de la República no han muerto; el león duerme, y cuando yo lo despierte hará oír sus rugidos hasta el Vaticano. El lampiño borracho —así llamaban en Milán a Ludovico de Baviera— pronto tendrá que morderse los puños. ¡Viva la Iglesia y mueran los traidores a la patria! Es mi antiguo grito de alarma.»

Avance del Capítulo IX — “El encuentro en Monza”
La caravana se aleja del lago y entra en los caminos que conducen a Monza.
El conde, inquieto por la carta perdida, busca respuestas; Bice guarda silencio, Ermelinda observa con prudencia.
En la ciudad, Ottorino espera — dividido entre el deber y el amor, entre la palabra dada y la promesa escrita.
El destino comienza a tejer su red.
