Marcos Visconti - Capítulo VII
por Tommaso Grossi
revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi
Amores de Marcos y Ermelinda - Los señores de Milán
El lector recordará ciertas frases entrecortadas sobre Marcos y Ermelinda que el conde murmuraba a Ottorino mientras regresaban de Bellano; palabras que insinuaban que, en otro tiempo, Visconti había tenido muy adelantadas sus negociaciones de matrimonio con Ermelinda, luego frustradas por tristes accidentes, causa de graves desavenencias y sangrientas venganzas.
Todo lo había oído Bice sin demostrarlo, y sentía un vivo deseo de conocer aquel hecho con todos sus detalles. Pero, pareciéndole poco decoroso preguntarlo a otras personas, había insistido muchas veces a su doncella para que lo hiciera explicar por su madre, la mujer del halconero, quien debía saberlo perfectamente, pues había servido a Ermelinda desde muy joven.
Laureta, que consideraba bueno todo lo que complacía a su señorita —y que en aquel momento deseaba sobre todo alegrarla un poco, ya que la veía siempre melancólica y de mal humor—, comenzó a rodear a su madre con súplicas tan dulces, tan graciosas y tan llenas de caricias, que esta, después de haberla entretenido un tiempo prometiendo contarlo “mañana”, una noche en que se hallaron solas, le hizo un preámbulo: que aquellas no eran cosas para saberse, que debía guardarse bien de contarlas a nadie, y finalmente comenzó su narración en esta forma:
—Simón Crivello, padre de Ermelinda, era muy amigo del padre de Marcos. Como a menudo se reunían en casa de uno u otro, también los jóvenes, por supuesto, se habían visto. Se gustaron, y Marcos dio palabra a mi ama de ser su esposo. Cuando se es muchacho, pronto se decide sin mirar adelante; primero habría que ver si los padres estaban de acuerdo. En cuanto a Crivello, habría aceptado el partido con mil amores; pero las dificultades venían de parte de Mateo Visconti, padre de Marcos, que era entonces uno de los señores principales y no quería dar a sus hijos sino grandes princesas, hijas de reyes coronados. Verás, espera, espera... Pasó casi un año sin adelantar nada. Mira, si Ermelinda desde el principio hubiera escuchado a su madre, bien se lo había dicho ella: que no debía dar conversación a un joven con quien sería un milagro poder casarse. Se lo había dicho, eso sí que es cierto, pero ya sabes... ¿qué los jóvenes entienden de razones?

—¿Y bien, qué sucedió después? interrumpió Laureta, impaciente por llegar al desenlace.
—Sucedió que vino entretanto una del demonio. Los Visconti fueron expulsados de Milán, entraron los Torriani, y se supo que el padre de mi señora —que tanto se hacía el amigo de Mateo— había sido uno de los capitanes de la intriga.
—¡Qué me decís! ¿Y todo en venganza de haber rechazado aquel partido, no es verdad?
—Creo que sí.
Entonces Crivello, ansioso por demostrar a los nuevos señores que había roto para siempre con los Visconti, y temeroso de que Ermelinda encontrara alguna manera de salirse con la suya y casarse con Marcos, quiso obligarla a dar cuanto antes su mano al conde, que tiempo atrás la había pedido.
¡Figúrate la pobrecita cómo quedaría! No había forma de faltar a la palabra dada a Visconti, y en casa todo eran trastornos, alborotos y amenazas; tanto, que no hacía sino llorar, y su salud se debilitaba cada día.
Así pasaron unos veinte días cuando —¡escucha esto!— una noche oí llamar con fuerza a la puerta de mi cuarto y pregunté:
—¿Quién va?
—Tu padre, que ha vuelto de Tierra Santa y quiere verte al momento, me respondió un palafrenero de casa.
En efecto, mi padre había ido en peregrinación al Santo Sepulcro hacía mucho tiempo, y se le esperaba de un día a otro. A toda prisa me puse una simple basquina, corrí a abrir, y entró un hombre vestido de peregrino, con la caperuza hasta los ojos y una linterna apagada en la mano. Le eché los brazos al cuello, y él dejó la linterna, se quitó el capuz...
¡Hijita mía! susto como aquel no lo he tenido en mi vida. ¿Adivina quién era?
—Marcos.
—Cierto, el mismo Marcos Visconti en persona, el cual, con los ojos encendidos, me preguntó:
—¿Dónde está Ermelinda?
—¡Por el amor de Dios! ¡Por la Virgen santísima! ¿Qué queréis vos aquí? Pero él, dándome un apretón en el brazo que me dejó cardenales por muchos días, repetía:
—¿Dónde está Ermelinda?
—No habéis venido con fin de mal, ¿no es así? insistí yo; por caridad, tened compasión de aquella desdichada, que a estas horas está ya medio muerta.
—¿Está por ventura ahí? me dijo, señalando con el dedo el aposento donde verdaderamente estaba.
Yo, que en aquel momento no sabía lo que hacía, dije que sí, y él dio dos o tres pasos hacia la puerta, luego se detuvo de repente, como arrepentido, y me dijo:
—Entra tú, y dile con buen modo que la aguardo acá fuera, y que tengo que hablarle.
¿Qué debía yo hacer? ¿Huir? No era posible. ¿Gritar? Me habría ahogado. Entré, pues, y encontré al ama ya medio levantada, que apenas me vio aparecer, me preguntó toda medrosa:
—¿Qué significa aquella luz? ¿Quién está ahí?
Y porque yo no respondía pronto, eché a gritar:
—¡Cierra la puerta, cierra la puerta!
Mas en esto, entró una voz muy baja:
—Ermelinda, no temáis, soy yo, soy vuestro Marcos.
¿Has visto a la Tita del Tonio cuando le da aquel mal? Que está allí, habla y ríe como nosotras, y de golpe cae en tierra, que parece muerta. Pues bien, lo mismo, mismito: se había vuelto blanca como un pañuelo de colada, tan postrada e inmóvil, que la creí realmente muerta; y volviéndome a salir con las manos en la cabeza, me eché a llorar como una cuitada.

Marcos, que por decencia no había osado pasar adelante, tomó la linterna; entramos ambos en el cuarto, le hicimos oler un poco de agua espirituosa, le mojamos el rostro y las sienes, tanto que abrió los ojos y volvió en sí.
Hablas de verle, aquel cristiano, cómo se comportó entonces; después dicen que se ha vuelto un perdonavidas, un Satanás. Será cierto, no digo que no; pero entonces era muy buen muchacho y temeroso de Dios —yo puedo ser buen testigo de ello—: mira, ni un dedo, lo que es un dedo, se atrevía a tocarle. Se movía alrededor, la miraba con un afecto, con una devoción, como si fuese, vamos a decir, una Madre de Dios. Tan mortificado, que no parecía en nada aquel gran soldado ni aquel gran príncipe.
Cuando vio a Ermelinda recobrada, dijo:
—Estoy aquí para cumplirte mi promesa: ser tu esposo y llevarte conmigo.
—¡Oh Virgen santa! ¡Dios mío! repetía la señorita, sin poder decir otra cosa.
Entonces él —me acuerdo de todas sus palabras como si la cosa hubiese sucedido ayer, me dio tanto golpe y luego se ha hablado de ello tantas veces con el ama—, como decía, él, haciendo una cierta sonrisa, más de quien tiene ganas de llorar que de reír, añadió:
—Os parecerá poco cortés invitaros a dejar vuestra casa para seguir la suerte de un hombre que no tiene, puede decirse, dónde salvar su cabeza.
—Callad, respondía el ama, no digáis eso, que me partís el corazón. ¡Por piedad, huid, huid presto! Si alguno llegase a conoceros, ¡infeliz de vos, infeliz de mí!
—¿Huir? replicaba Marcos. ¿Conque habré corrido tan largo viaje, expuesto a tantos peligros, atravesando oculto entre gentes que de buena gana comprarían mi cabeza a peso de oro, solo para volverme atrás como un muchacho o como un mentecato?
—¡Mas si mi padre os hallase aquí! insistía el ama, ¡desdichado de vos, desdichada de mí!
—¡Oh! ¿Creéis que si no pensase que es vuestro padre, quisiera yo salir de esta casa con las manos limpias?
Ermelinda temblaba de pies a cabeza.
—Vamos, pues, continuó él, aún tengo amigos que nos escoltarán hasta dejaros en lugar seguro. También abajo aguarda un caballo para vos. En Bérgamo os daré el anillo. Hasta allí haced cuenta que estáis con vuestro hermano, que estáis en la iglesia.
Yo me había agarrado del vestido de la señorita y le rogaba al oído:
—¡No, no, cuidado con lo que hacéis!
Has de saber que él lo había notado, pues poniéndome una mano en la espalda me dijo:
—Anda, Mariana, déjala estar.
Las palabras no fueron más, pero me las dijo con una voz, con una cara y con unos ojos que me hicieron helar hasta los huesos; extendí las manos y quedé encantada, como si me viese un basilisco.
Entonces Ermelinda, animando un poco el habla, empezó a suplicarle:
—¿Queréis que huya de mi casa, de noche, de esta manera, como una mala mujer? ¿Que haga morir de dolor y de vergüenza a mi pobre madre? ¡Ah, no! ¡Dejadme, matadme antes, matadme vos mismo, lo consiento!

Marcos permaneció un momento ensimismado; enseguida salió afuera murmurando ciertas palabras significativas, diciendo que si ella no le seguía, no quería haber hecho el viaje en vano, y que iría en busca del padre.
Tal vez no lo dijo sino para amedrentarla y hacerla ceder a lo que él quería; pero el ama, que tomó la cosa en serio, empezó a temblar, se arrojó delante de él anegada en llanto, rogándole y suplicándole que no dijera aquello, que desechase ese pensamiento, que no quisiera darle tanto que sentir. Decía tales cosas, y con tanta pasión... pero él nada; se esforzaba siempre por desasirse de sus manos. Lo consiguió una vez y se dirigía a la puerta.
Saltó entonces Ermelinda como furiosa, le agarró del brazo y echó a gritar:
—¡No, no saldréis de aquí sin matarme antes! ¡Le defenderé yo, yo le defenderé!
Lo mismo que echar una cuba de agua sobre el fuego: Visconti se detuvo de golpe y no hizo ya más fuerza.
—Vamos, dijo con una sonrisa de hielo, capaz de hacer helar a cualquiera, vamos, tranquilizaos; ya veis, aquí estoy, no doy un paso. No temáis que huya: haced ruido, despertad la casa, llamad al asesino, yo no me muevo.
No puedo explicarte cómo quedó la señorita al oírle: dejó caer los brazos, retrocedió, estuvo un momento en atención, escuchando si se había despertado alguno; y apenas se satisfizo de que todo estaba tranquilo, juntó las manos y dijo:
—¡Ah, Marcos, perdonad! Es mi padre... ¿Y vos, por qué hablarme así? ¡Si supieseis cuánto mal me hacéis! ¡Oh, sabe Dios cuán gustosa daría mi vida por salvar la vuestra! ¡Por piedad, idos, huid de aquí! ¿Quién sabe si alguno lo habrá notado? ¿Quién sabe? ¡Huid, huid, por Dios! ¡Si alguna vez me habéis amado, huid!
Frío como un mármol, por respuesta le alargó la mano y dijo:
—Vamos, pues.
Mas al ver que ella se retiraba, añadió:
—¿No? ¿No queréis venir? Pues bien, sabed que yo no salgo de este cuarto sino con vos. Observad.
Y se sentó encima de la mesita, echando una pierna sobre otra y cruzando los brazos sobre el pecho, como quien está resuelto a no moverse.
—Aguardaré hasta mañana, seguía diciendo, es claro que vendrá alguno, tal vez vuestro padre. Si queréis librarle de todo riesgo, ya sabéis el modo. Asomaos a la ventana, gritad que Marcos está en vuestro cuarto, que vengan, que vengan en tropel... yo no me muevo.
Figúrate nosotras, ¡qué susto, qué desolación! Yo llorando por una parte; Ermelinda por otra, rogándole como quien ruega a un crucifijo; ¡pero ya! tanto servía como si hubiésemos querido mover el León de su puesto.
Viendo el ama que no había remedio, le dijo:
—¿Conque absolutamente queréis precipitarme? Pues bien, iré con vos.
Se arrodilló ante una imagen de la Virgen que tenía colgada en la cabecera de la cama, oró un momento, y levantándose me dijo:
—Dirás a mi madre... —y el llanto le ahogó la voz.

Marcos tomó a Ermelinda de la mano, y ella lo seguía con un aspecto estático, como una sonámbula. Apenas llegaban a la puerta, se oyeron muchas pisadas subiendo la escalera. Marcos se detuvo un momento; luego retrocedió, se dio un golpe en la frente y exclamó:
—¡Ya no es tiempo!
En un abrir y cerrar de ojos entornó la puerta, la aseguró por dentro con el cerrojo, se abrió con una mano el pespunte y sacó un puñal; con la otra se quitó del cuello una cadena de oro, la rompió de un tirón por la mitad, volvió a guardar en el pecho una parte y puso la otra en la mano de Ermelinda, diciéndole con afán:
—Será la prenda de nuestra fe. Pronto volveré, de otra suerte que ahora. De todos modos, guardaos de faltarme a lo prometido. Mientras no os traigan la otra mitad de esta cadena rota que os dejo, será señal de que vivo y solo pienso en haceros mi esposa.
Aún estaba hablando cuando llamaron precipitadamente a la puerta. Marcos abrió una ventana que daba al jardín, dio un salto y estuvo abajo.
Yo corrí para abrir a los que seguían golpeando la puerta como si quisieran derribarla. Entraron siete u ocho hombres armados y empezaron a buscar por todas partes; pero oyendo ruido en el huerto, despejaron atropellados y corrieron abajo.
Nosotras nada supimos en toda la noche: se oyó mucho gritar, mucho correr, mucho golpear, y después se restableció el silencio.
Por la mañana, en Milán se hacían lenguas de aquel caso. En el huerto de Crivello se encontraron muertos dos de sus domésticos. Se contó que Marcos se había puesto a salvo fuera ya del cancel, cuando reparó en que le faltaba la celada; volvió atrás, precipitó el caballo encima de uno que había alzado del suelo aquella pieza de armadura, le descargó un golpe en las sienes que lo derribó medio muerto, se apeó, recogió el perdido arnés, volvió a montar y todavía tuvo tiempo para escapar.
Aquí llegaba Mariana en su historia, cuando, cortando el hilo, dijo a su hija:
—Te lo acabaré de contar en otra ocasión, porque ya ves, hace rato que estás aquí, y la señorita puede necesitarte; anda, pues, anda, hija.
—No, respondió Laureta, no necesita nada; ya la he acostado y me ha dado permiso hasta mañana. Proseguid, contadme en qué terminó.
—Eres una bendita, hija, que todo lo quieres a tu gusto, y cuando te da un capricho...
—Vamos, mamita, contádmelo, sed buena.
—A lo menos, que te sirva de ejemplo, y aprende que los hijos...
—Sí, sí, pasad adelante.
—Ahora vienen los desastres para la pobre Ermelinda, dijo Mariana anudando el hilo.
—Oirás cuánto le tocó padecer a la pobre cristiana, y aun a mí de rechazo, ya verás. No se le escapó a Crivello que Marcos había venido para llevarse a su hija, y creyendo que en aquella tentativa ella estaba de inteligencia, se puso furioso como nunca. Se presentó ante ella con el furor pintado en el rostro y protestó que a Marcos se le quitase de la cabeza, que nunca se casaría con él. Dijo tantas pestes de éste y de su familia, que daba horror; y en conclusión, que escogiese: o dar la mano luego, luego al conde del Balzo, o pudrirse en el fondo de una torre, donde no hubiera visto más la luz del sol.

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