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Ottorino en el castillo del Balzo

Ottorino en el castillo del Balzo

Marcos Visconti - Capítulo VI

Marco Visconti (Español) Aug 30, 2026

por Tommaso Grossi


revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi

Ottorino en el castillo del Balzo-Partida de caza.

Aquella noche todos fueron alojados por el cura del lugar, quien, sin poder concebir que su pobre casa recibiese huéspedes de tan alta jerarquía, se sintió un poco envanecido y pudo gloriarse durante algún tiempo.

En Varenna se hallaba aún Pelagrua, de patitas en la calle, como suele decirse: sin hacienda, sin dinero, sin apoyo y sin destino en la sociedad; precisado a dejar pronto un país donde todos le conocían y le querían tanto como al mal de ojos, reducido en suma a la suerte de un perro despedido de su dueño.

El miserable fue por la mañana, con mucha humildad —al menos aparente—, a suplicar con voz llorosa al cura de Limonta que se dignase perdonarle todo el mal que le había hecho, y el peor que hubiera querido hacerle en tiempos pasados, y que le ayudase a procurarse algún alivio en su situación casi desesperada.

El buen cura se compadeció, no tanto de él —pues le hubiera venido de molde un poco de penitencia—, como de su mujer y del inocente niño, y le prometió recomendarle al conde del Balzo, aunque, a decir verdad, no esperaba conseguir de este señor grandes socorros.

Mas por fortuna del malandrín, cuando el cura entró a ver al conde, hallóle acompañado de su hija y de Ottorino. La muchacha, naturalmente humana y compasiva, que había visto a la mujer de Pelagrua cuando fue a refugiarse al castillo, y que había compartido con su madre la piedad que aquella desventurada supo inspirarles, se sintió enseguida movida por las palabras del párroco e intercedió con su padre para que procurase algún refugio al derribado y su familia.

No hay que decir de qué manera el conde acogió unas súplicas dirigidas nada menos que a ponerle en peligro de romper absolutamente con el abad de San Ambrosio, y precisamente por una causa que, como buena indemnización, le hubiera malquistado con todos los limontinos.

El pobre hombre, que a pesar de todo no quería negarse abiertamente a los ruegos de su hija, iba mendigando excusas y pretextos, tartamudeaba, se agitaba como si estuviese sobre espinas; pero Ottorino, contándose dichoso de tener ocasión de complacer a la muchacha y hacer el gusto del padre, se ofreció espontáneamente a proteger a Pelagrua.

Y dándolo ya por hecho, recibió de Bice, en recompensa, una ojeada de tan ingenua y contenta bondad, una mirada tan serena y cariñosa, que difundió una dulce satisfacción por todas las venas del joven caballero.

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Gianfranco Maitilasso Grossi

Editor, curator, and founder of bilingual platforms focused on cultural critique, legacy-building, and editorial transparency. Based in Spain, active across Europe and Southeast Asia.Championing editorial clarity, mythic publishing, and queer voice.