Marcos Visconti - Capítulo V
por Tommaso Grossi
revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi
Naufragio. — Muerte de Arrigozzo. — La roca de Mórcate.
Los que habían venido a Bellano de todas las riberas del lago emprendían su viaje de vuelta cada uno a su pueblo. En la ribera y en los muelles era de ver el continuo movimiento, las maniobras, la gritería, el ruido de las cadenas que, desamarrándose de las anillas, eran recogidas dentro de las barcas; el llamar y el responder, y el promiscuar de encargos y despedidas. Aquí una góndola, ya llena de gente, se despedía de la costa y tomaba rumbo; allí los barqueros, con los remos en el agua en aptitud de marcha, daban prisa a alguno que faltaba de su tripulación; uno blasfemaba, afanándose en soltar su barquilla encerrada entre otras mayores; otro salía ligero del puerto remando a dos manos. En un momento se vio el lago sembrado de barcas de toda especie, que, según su varia dirección, izaban vela para coger una tramontana que había refrescado de pronto, o hacían fuerza de remos para resistir a las espumosas olas, que con estrépito se rompían contra las agitadas proas.
Los últimos en embarcarse fueron los limontinos. Eran seis barcas que, queriendo salir juntas en escuadrilla, tuvieron que aguardar a que Lupo se desprendiese del juez y de los abogados, que le habían entretenido por cierta formalidad.
El conde del Balzo, con la mayor cortesía de amistad, había empeñado a Ottorino a que les acompañase en el castillo algunos días; por lo cual entraron juntos a la nave y se acomodaron dentro de una casita o barraca de las que, surtidas de toda comodidad, usaban y usan aún en nuestros lagos las barcas de los señores. Se sentó Bice frente a su padre, y éste obligó muy cortesmente al párroco de Limonta a que se colocase frente al joven caballero.
Tenía la barquilla dos remos a popa y otros dos a proa: Miguel, como más viejo, cuidaba del gobernalle, y su Arrigozzo remaba delante en el primer banco, que solía ser el lugar del más robusto y esforzado remero. Nuestro Lupo, después que hubo recibido con cierto aire de rústica modestia las caricias de los señores, salió a proa y se puso caballero sobre la punta de la nave, con las piernas colgando a uno y otro lado; y en tal postura se divertía ya lamiendo las olas con los pies en los descensos de la barca, ya sintiéndose rociar la cara y todo el cuerpo como de una menuda lluvia, en tanto que, con los brazos cruzados al pecho, contemplaba las montañas de que había estado ausente tantos años, y se fijaba con placer indecible en aquellos cabos, aquellas ensenadas y tortuosos valles, ásperos y terribles despeñaderos, lugares llenos de recuerdos de su edad primera, cuyos nombres conocidos y semejanza suave le eran gratos como el nombre y el rostro de un amigo. Ambrosio, su padre, sentado en el fondo de la barca, se ocupaba de su dicha en tener un hijo tal que, en su concepto, podía dar orgullo a cualquiera gentilhombre; de cuando en cuando se le acercaba para decirle alguna palabrita cariñosa, a cuyas demostraciones solía Lupo contestar con una mirada o una sonrisa.
Al llegar a la punta Mórcate, Arrigozzo, viendo relampaguear una nubécula sobre Valmenagio, dijo:
—Amenaza una tempestad.
—¡Ea, valientes! Estos cuatro golpes con vigor, que podamos llegar a Varenna antes que nos coja.
Y el acompasado golpe de los remos al momento se hizo más unido y fuerte.
En cuanto a los de adentro, después que hubieron hablado un poco de las ocurrencias del día, dio el conde cierto giro a la conversación para hacerla recaer sobre Marcos Visconti, y contar al joven huésped una cosa que ya la sabía de mucho tiempo, una cosa que el conde solía contar a todos: a saber, que había sido condiscípulo de aquel famoso capitán. Estudiamos juntos el trivio y el cuadrivio —decía— y Marcos era uno de los más sobresalientes; o mejor, sólo había uno que pudiese competirle.
Y lo dijo con una sonrisa de necia modestia, con que daba bastante a conocer quién fuese el tal sujeto que no nombraba; y aun temiendo que Ottorino no tuviese bastante talento para interpretar aquella reticencia, prosiguió diciendo:
—Siempre fuimos dos competidores, y tengo bien presentes las disputas que tuvimos cuando salió a luz la obra De Monarchia de Dante Alighieri, libro venenoso, que después se mandó quemar por mano del verdugo, como merecía; y Marcos, endiablado con su gibelinería, quería defenderle espada en mano. Lo cierto es que tuvimos por ello grandes peloteras; sin embargo, éramos siempre buenos amigos.
—En efecto, me acuerdo que tiempo atrás me habló de vos algunas veces —respondía Ottorino.
—¿De veras, eh? ¿Y qué decía?