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****MARCOS VISCONTI ***

Marco Visconti (Español) Jul 26, 2026

Narración histórica sacada de las Crónicas del siglo XIV

NARRACIÓN HISTÓRICA SACADA DE LAS CRÓNICAS DEL SIGLO XIV ESCRITA EN ITALIANO POR TOMAS GROSSI TRADUCIDA AL ESPAÑOL

**********************************MÉXICO**********************************

IMPRENTA DE ANDRADE Y ESCALANTE Calle de Cadena núm. 13. ********************************en el año 1860*******************************

Marcos Visconti - Capítulo I

por Tommaso Grossi


revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi

Idea del país y de su estado político.
Pleito del monasterio de San Ambrosio contra los hombres de Limonta

Navegando desde el cabo de Bellagio hacia Lecco, se descubre, casi a mitad de la costa, frente a Liorna, una pequeña aldea llamada Limonta
Navegando desde el cabo de Bellagio hacia Lecco, se descubre, casi a mitad de la costa, frente a Liorna, una pequeña aldea llamada Limonta

Navegando desde el cabo de Bellagio hacia Lecco, se descubre, casi a mitad de la costa, frente a Liorna, una pequeña aldea llamada Limonta, escondida entre la espesura de los castaños. Desde el siglo VIII hasta estos últimos tiempos, en que la Lombardía quedó libre de los feudos, perteneció al señorío del monasterio de San Ambrosio de Milán, cuyo abad, entre otros títulos, llevaba el de conde de Limonta. Entre el territorio de Bellagio y el alodio de los monjes, cuyos límites están aún marcados con un mojón, se levantaba en 1329 un antiguo castillo, que fue arruinado a fines del mismo siglo, sin que haya quedado de sus ruinas el menor vestigio. Poseíale entonces cierto conde, Oldrado del Balzo, descendiente de los antiguos señores de Bellagio, gobernada a la sazón por su ayuntamiento. Aunque el conde Oldrado tenía varias posesiones en otros parajes de Lombardía, pasaba en dicho castillo la mayor parte del año con su esposa y una hija única, enamorado, al par que ellas, de aquel despejado cielo, del hermoso lago y del templado, alegre y delicioso clima.

La familia del Balzo, rica, ilustre y enlazada por amistad y parentesco con las más poderosas, había sido siempre la protectora natural de los lugares vecinos a su castillo, cuyo nombre habían aprendido a respetar y amar todos los habitantes de la comarca, por antigua tradición, de padres a hijos. El conde Oldrado, sucesor de tan preciosa herencia, no sabiendo conservarla, había perdido gran parte del prestigio entre los antiguos clientes de su casa; no a causa de perversidad, pues era de la mejor pasta de hombres, sino porque, habiéndole tocado la suerte de vivir en tiempos difíciles, entre circunstancias graves y delicadas, no hallaba en su natural débil, tímido y meramente vano la energía necesaria para hacer el bien que hubiera querido.

Ludovico, llamado el Bávaro, penetró en Italia
Ludovico, llamado el Bávaro, penetró en Italia

En la época de que estamos hablando, Ludovico, llamado el Bávaro, penetró en Italia y, de propia autoridad, depuso al Sumo Pontífice Juan XXII, residente en Aviñón, porque le había excomulgado; y se arrogó la potestad de hacer crear Papa en Roma a Pedro de Corvara, del orden de los Menores, quien tomó el nombre de Nicolás V: ocurrencia que derramó el escándalo y el cisma en todo el orbe cristiano.

Bien pronto la ciudad de Milán, que desde hacía muchos años gemía bajo el interdicto fulminado contra los Visconti, poderosos y acérrimos protectores del bando gibelino, se declaró por el antipapa; y como éste bendijese otra vez aquel Estado, se abrieron los templos de la capital, de otras ciudades subalternas, de los pueblos más importantes, y el poco clero que había quedado volvió a sus ordinarias funciones eclesiásticas y a la administración de los sacramentos.

Pero en la campaña, y principalmente sobre el lago de Como, menos encarnizado el pueblo en el furor de los partidos, permaneció fiel al verdadero Pontífice; y negándose a abrir los templos, miraba como cismáticos y excomulgados a los sacerdotes que le enviaba la capital.

Fácil es adivinar que en las ciudades y arrabales no faltaba quien pensase como los aldeanos, y había también entre éstos quien participaba de las opiniones de la capital y de las poblaciones numerosas; y de ahí puede inferirse cuán dulce y sosegada sería la vida civil en aquellos trabajados tiempos. Por doquiera, profanaciones, violencias, contiendas y sangre.

Fray Aicardo, arzobispo de Milán, el abad de San Ambrosio, y la mayor parte de los abades de los más ricos e insignes monasterios, prófugos desde hacía mucho tiempo; la más selecta porción del clero secular y regular, errante y mendiga por Italia y Francia; la sede arzobispal, las abadías y hasta los beneficios eclesiásticos menos pingües, ocupados y violentamente detentados por señores legos o sacerdotes cismáticos amigos del emperador.

En medio de tal desorden y confusión, Juan Visconti, pariente de los príncipes y nombrado abad de San Ambrosio en lugar del verdadero, que era Astolfo de Lampugnano, había enviado a Limonta, en calidad de procurador del monasterio, a un pícaro parásito, condenado ya en Milán por falsario. Éste, vengándose de la fidelidad que aquellos pobres montañeses guardaban a su legítimo señor, los chupaba, pelaba y desollaba sin piedad, vejándolos con mil exacciones e injurias, y los trataba como hacienda de ladrón.

Dirigíanse los limontinos al conde Oldrado para que interpusiese su valimiento con el abad
Dirigíanse los limontinos al conde Oldrado para que interpusiese su valimiento con el abad

Dirigíanse los limontinos al conde Oldrado para que interpusiese su valimiento con el abad, intercediese con los señores y les hiciese valer su justicia; pero en vano. El conde atendía a tantos respetos, le daban miedo tantas cosas, que no quería indisponerse con nadie ni exponerse a caer en desgracia de los Visconti; y reduciéndose a compadecer en su corazón a aquellos infelices cuitados, les hubiera dejado descuartizar antes que levantar un dedo para socorrerlos.

Pelagrua, que así se llamaba el procurador del monasterio, cada día más orgulloso y más terco, discurrió al fin una de las suyas para destruir de una vez a sus gobernados: una tropelía temeraria que los pusiese en su poder, como suele decirse, en cuerpo y alma, y le ahorrase la molestia de pleitear con ellos a cada momento.

Desenterró cierta antigua escritura de donación de aquella tierra, otorgada por Lotario Augusto a favor de los monjes de San Ambrosio, y pretendió con ella que los limontinos fuesen declarados, no ya vasallos como eran, sino siervos del monasterio; a cuyo fin les emplazó a juicio en Bellano.

Era entonces Bellano corte arzobispal (se llama corte el territorio en que el señor del feudo tenía casa y capilla, o más propiamente donde se administraba justicia), a cuyo juzgado hubiera correspondido el conocimiento de tamaño pleito; pero como el arzobispo había huido de su diócesis, y muchas de sus posesiones en la ribera de Lecco y en la Valsassina, especialmente la corte de Bellano, habían sido ocupadas por un cierto señor poderoso llamado Creson Crivello, protector de los Visconti, no ya al juzgado del arzobispo, sino al de Crivello tenía que sujetarse la causa de los limontinos.

Este señor era amigo sobradamente público del falso abad de San Ambrosio, y demasiado interesado a favor de la usurpación —que él mismo no dejaba de ejercitar sobre sus nuevos vasallos— para que los limontinos pudiesen esperar de él cosa buena.

No hay que preguntar si alzaron el grito, si se recomendaron de nuevo al conde del Balzo. Todo fue en vano. Por más que el conde se vio rogado y suplicado por su esposa Ermelinda, que así se llamaba, y Bice, su idolatrada hija, no tuvo valor para tomar la defensa de los oprimidos, los cuales tuvieron que dejarse arrastrar ante aquel inicuo e incompetente tribunal, y aguardar un fallo que, según preveían, no podía ser sino un asesinato.

Al caer la tarde del día señalado para el juicio...

Estaba el halconero del conde en un rebellín del castillo, extendiendo la vista por el lago, observando si veía despuntar alguna de las barcas que debían volver de Bellano.
Estaba el halconero del conde en un rebellín del castillo, extendiendo la vista por el lago, observando si veía despuntar alguna de las barcas que debían volver de Bellano.

Estaba el halconero del conde en un rebellín del castillo, extendiendo la vista por el lago, observando si veía despuntar alguna de las barcas que debían volver de Bellano. Divisó por fin a lo lejos una vela de color castaño, la vio crecer, aproximarse, llegar la barquilla que la llevaba, y se apresuró a avisarlo a su amo.

En una rica sala se hallaba éste oprimiendo un sillón cuyo respaldo terminaba en punta, y tenía a sus pies un gracioso paje, lindo y risueño como un cupidillo. El muchacho, condenado por su oficio a permanecer quieto y silencioso en aquel puesto, jugueteaba disimuladamente con un grande lebrel, que correspondía a sus caricias meneando la cola y ensayando de cuando en cuando algunos brincos.

El conde del Balzo rayaba en los cincuenta años; por debajo de un gorro cuadrado de raso negro le caían sobre las sienes dos madejas de cabello que, sin embargo de haber sido bermejo cuando joven —él había siempre llamado rubio, y seguía llamándolo así—, ofrecían ya a la vista más canas que otra cosa. Su cara porosa y aguileña terminaba en una puntiaguda mandíbula, sobre la cual, cuando el conde hablaba, se veía bailar una barba muy corta y escasamente poblada, del mismo color que su cabello. Dos ojillos pardos brillaban con algún fuego entre sus pestañas entreabiertas; pero colocados en aquella cara enjuta, y acompañados de una boca hundida en los extremos y abultada en el medio, no significaban más que la vanidad satisfecha de sí mismo.

Tenía en la mano un soberbio gerifalte, que parecía gozar plenamente en las caricias
Tenía en la mano un soberbio gerifalte, que parecía gozar plenamente en las caricias

Tenía en la mano un soberbio gerifalte, que parecía gozar plenamente en las caricias; ora se inclinaba suavemente a recibirlas dando un leve gemido, ora erizando las plumas se abalanzaba a la mano que le tocaba, pero no hacía más que picarla mansamente. Cuando el halconero entró en la sala, el ave reconoció desde luego al maestro que la adiestrara, y sacudiendo las alas y gimiendo más recio parecía invitarle a que la tomase en su mano.

—¿Y bien? —preguntó el amo al halconero—, ¿aún no vuelven de Bellano?Sí, señor; Miguel y su hijo Arrigozzo acaban de desembarcar en la ribera de Carneccio.

El conde entregó el halcón al pajecillo para que lo retirase, y se quedó solo con el halconero aguardando a los dos barqueros, que no tardaron en presentarse. Era el padre ya algo viejo, pero el hijo un bello joven de veintisiete a veintiocho años.

—¿Qué nuevas me traéis? —preguntó el señor al viejo. —Las que Dios es servido que... —Vamos, cuéntamelo todo. —Allá voy: ved aquí que sonó la campana, y apareció en la cámara del arzobispo una facha de excomulgado rodeado de tres o cuatro escribas y fariseos; comenzó a murmurar una larga arenga, y sacando un pergamino viejo, bueno para envolver agujas saladas, lo golpeaba con una mano como para que atestiguase sus imposturas. Al fin cambió de tono y concluyó con una perfidia de este jaez: que hay testigos de que nosotros los limontinos siempre hemos sido esclavos del monasterio, y en prueba de ello que llevábamos la cabeza raída, y que de poco tiempo acá nos hemos dejado crecer el pelo. ¿Puede darse mayor infamia?

Pero en efecto, ¿había o no tales testigos? —preguntó el conde. —¿Les faltaban testigos? Si se necesitase hasta para crucificar a Dios nuestro Señor, ¿creéis que no los hallarían? Ya se ve que los había; pero hombres que por un higo juraran cualquier mentira, todos gibelinos descomulgados, gentes que ya tienen el alma dada al diablo. —¿Y luego? —Y luego, que hubo concluido aquel grandísimo bellaco...

Abogado Lorenzo de Garbagnate defendiendo a los limontinos
Le tocó hablar a nuestro abogado Lorenzo de Garbagnate: dijo claro y limpio que no somos vasallos del abad

Le tocó hablar a nuestro abogado Lorenzo de Garbagnate: dijo claro y limpio que no somos vasallos del abad, y que hace más de cien años que no le pagamos sino el diezmo, como es justo; prestamos las obras en la cosecha del aceite y las castañas, el barcaje y lo que es obligación, y nada más. Al fin ha dicho una cierta palabrota, una palabra extravagante, que hacía a nuestro favor... ¿Te acuerdas, Arrigozzo? —Alguna cosa —respondió el hijo—; me acuerdo que ha dicho... como quien dice un cierto derecho... un derecho, qué sé yo... de una cierta clase de que nunca he oído hablar. —Habrá dicho que no sois siervos por derecho de prescripción —apuntó el conde. —Justamente, esto mismo —exclamaron a un tiempo padre e hijo. —Decídmelo a mí, que estas cosas las tengo a la punta de los dedos.

Con que, para probar esta descripción —prosiguió Miguel—, también nuestro abogado sacó a lucir sus testigos, todos los más viejos del país y sus contornos. —¿Y entonces? —Entonces parece que todo estaba decidido, ¿no es verdad? Siendo tan clara la descripción... pues no, señor; aquel judío de juez salió con otro enredo, y dijo: —Testigos de una parte, testigos de otra, todos prontos a jurar, nada; decídase el pleito por el juicio de Dios. —¡Por el juicio de Dios! —¡Pues sí! Y todos los que estaban en la plaza empezaron a picar de manos como si hubiese dado una grande sentencia. —Sea el juicio del hierro ardiente —gritaba uno—; el del agua hirviendo —decía otro—; hasta yo también he gritado por el de las cruces, y dije a mi Arrigozzo que se ofreciese por Limonta, como en efecto lo ha hecho. —¿Y lo han aceptado? —No, porque son unos pícaros; pero yo he indagado tanto y tanto, que al fin ya sé lo que es el juicio de las cruces, y que no hay en él ningún peligro; y también, cuando yo era joven, fui una vez lo que llaman campeón del monasterio, y vencí una causa contra los de Bellagio. —Más largo eres que un sábado santo —interrumpió el conde Oldrado—. —Vamos, y volviendo al hilo, ¿en qué ha parado la cosa? —Ha parado en un lindo cuento: el abogado del abad ha querido que el juicio fuese por duelo, y el juez, como era de un mismo fuste, ha dicho que sí; y así ha terminado. —¿Duelo cum fustibus et scutis, con palos y escudos? —preguntó con gravedad el conde.

Juicio entre plebeyos sin armas de caballeros
tratándose entre plebeyos, no pueden tener lugar las armas de caballeros

Porque tratándose entre plebeyos, no pueden tener lugar las armas de caballeros. —Sí, con el palo y escudo. —¿Quién se batirá por vosotros? —¿Y quién se batirá?... el que... pronto está dicho; pero era menester aguardar allí un poco para ver quién se ha ofrecido por el monasterio: un demonio pelirrojo con unas espaldas tamañas... —¿Conque no habéis aceptado? ¡Cobardes! ¡Majaderos! —Verdaderamente aquí está mi Arrigozzo, que quería ofrecerse él mismo; pero yo no lo he querido ni lo quiero. No, señor. No faltaba más, sino que entre tantas desgracias tuviese que exponerse este hijito, mi único consuelo y el de su pobre madre, puesto que ambos somos viejos y no tenemos otra cosa en este mundo.

Diciendo esto, había cogido al hijo por el brazo. —Cuidado, ¿entiendes? cuidado con dejarte alborotar, que no quiero, no quiero; si deseas verme vivo y conservar la vida a tu madre, ¡pobre mujer!, bien sabes... —Me habéis dicho que no, que no, que no; ¿qué había yo de hacer? —respondió Arrigozzo—. Basta, aún quedan cuatro días de tiempo. —Y estos cuatro días te tendré encerrado en casa, y me quedaré yo mismo a hacerte centinela, y no me las echarás de guapo. —¡Sois un bendito! —dijo el joven, encogiéndose de hombros en acto de grosera pero amorosa condescendencia, y callé.

Entonces, tomando la palabra Ambrosio, así se llamaba el halconero, que hasta entonces no había despegado la boca, dijo: —¿Y no podríamos también nosotros buscar un campeón? ¿Uno de esos que se venden por dinero, y que pagándole bien se batiese por la causa del país? —No —repuso el conde, acariciándose la barba con una mano—; no es posible. Esto de poder presentarse un campeón que no tenga interés en el juicio es privilegio solamente de los nobles, religiosos y pías congregaciones. —¿Conque, persistía el otro, no habrá más remedio que dejarnos arrastrar todos al precipicio, o que uno de Limonta se bata con el campeón del monasterio? —Así, ni más ni menos —concluyó el amo. —¡Oh, si estuviese en casa mi Lupo! —exclamaba el halconero—. Si estuviese en casa o en lugar donde se le pudiese avisar a tiempo, ¡vive Dios!, que a estos prepotentes no les andarían tan bien las cuentas. —Oyes —repuso Miguel—, ¿tu Lupo no entró a servir a Ottorino Visconti? —Sí, al principio de criado, cuando hace cinco años se me escapó de casa; pero ahora es su escudero, y aquel señor lo quiere como la niña de sus ojos, y dicen que no da un paso sin llevarlo consigo.

Estas palabras parecieron dar vida al barquero, el cual, restregándose las manos y dando una vuelta redonda por la sala, empezó a gritar: —¡Pues a Como, pronto, pronto, sin perder momento! —¿Qué, sabes acaso que mi Lupo esté en Como? —Sé que está allí Ottorino Viscontirespondió Miguel—; y volviéndose al hijo: tú también le viste el jueves que estuvimos allí. —¿A quién? ¿Aquel joven? ¿Aquel caballero que nos saludó en el muelle y habló con vos? —Justamente. —¡Toma si le he visto! Es aquel que era tan amigo del hijo del amo, del pobrecito León, que esté en gloria, y a veces venía al castillo a pasar con él algunos meses.

Pues —replicaba el viejo barquero, rebosando de gozo—: pronto a casa a comer dos bocados, y en seguida volando mientras el lago está en bonanza. —Arrigozzo, la barca está bien corriente de todo, ¿eh? —Sí, vela, remos, todo, todo está dentro, pues no he sacado nada para subir aquí más pronto.

El padre tomó de la mano al hijo, se inclinó al conde y se encaminó a la puerta diciendo al halconero: —Se lo diré en tu nombre, ¿no es así? —Díselo en mi nombre, no importa —respondió éste; y el otro: —Conque, hasta mañana, que volveremos con él. Y se marchó.

—¡Miguel! ¡Miguel! —le fue gritando el conde—, no olvides de hacer como que sale de ti, y no se crea que yo he puesto la mano en ello, pues no necesito ir a cazar disputas por vosotros, ¿entiendes? —Entiendo.

Barqueros partiendo hacia Como al atardecer

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Gianfranco Maitilasso Grossi

Editor, curator, and founder of bilingual platforms focused on cultural critique, legacy-building, and editorial transparency. Based in Spain, active across Europe and Southeast Asia.Championing editorial clarity, mythic publishing, and queer voice.