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Juicio de Dios

Juicio de Dios

Marcos Visconti - Capítulo IV

Marco Visconti (Español) Aug 16, 2026

por Tommaso Grossi


revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi

Juicio de Dios

Llegaron a la plaza los dos campeones, acompañados por el juez, dos asistentes de campo y un trompeta. Los precedían siete u ocho lanzas que abrían paso entre la multitud. El juez tomó de manos de un doncel un escudo y un bastón, y se los entregó a Ramengo, diciendo en voz alta y con tono solemne las palabras de fórmula: —Recibe el escudo y el bastón de la impugnación, según justicia. Luego, presentando las armas a Lupo: —Recibe el bastón y el escudo de la defensa, según justicia.

Los dos campeones entraron en la liza. El juez se colocó en el tablado junto a los dos cancilleres; los testigos y asistentes tomaron sus puestos, y estaba ya por comenzar la lid cuando se oyeron voces alrededor que gritaban: —¡Bendecid las armas, bendecid las armas!

El juez se levantó y dijo: —Vuestro cura no quiere bendecirlas.

No había terminado de pronunciarlo cuando estalló en todos los ángulos una tempestad de aullidos, gritos, silbidos y voces mezcladas. —El cura hace muy bien, decían los del país y los comarcanos. —¡Haced que las bendiga por fuerza, quemadle vivo! gritaban los soldados y los partidarios del antipapa que se hallaban en la plaza y en las casas. —¡Sí, no, no, sí! Era una Babilonia, un infierno.

El juez comprendió que los que estaban del lado del cura eran demasiados comparados con el partido contrario, y dedujo que hacerse el valiente no le convenía; de otro modo, no habría dejado de satisfacer aquel capricho. En verdad, no era cosa nueva ver asar o desollar a un cura por negarse a decir misa o a realizar alguna función sagrada a causa del interdicto.

Nuestro bravo hombre, cuando la confusión se apaciguó un poco, gritó de nuevo: —Si alguno quiere bendecirlas, ganará un marco de plata.

Los concurrentes se miraron unos a otros. —Aquí estaba el párroco de Dervio. —Y el de Perledo. —Y el de Limonta. —Pero ya no se ve ninguno. —¿Dónde se habrán metido? ¡Que no haya un solo presbítero entre tanta gente!

Preguntas por aquí, preguntas por allá, palabras perdidas. Finalmente, salió de entre la multitud una voz que, superando el murmullo, se hizo entender en toda la plaza: —¿No tenemos a Tremacoldo?

Un grito de aprobación y aplauso se levantó simultáneamente en todos los rincones. —¡Venga Tremacoldo, venga Tremacoldo!

Debe saber el lector que Tremacoldo, el juglar que poco antes había cantado las alabanzas de Bice, era efectivamente presbítero y canónigo de Crescenzago. ¿Y un sacerdote ejerciendo el oficio de bufón? ¡Qué tiempos aquellos! Y no se crea que esto fuese algo singular. Los cánones, el concilio de Viena, el de Bérgamo celebrado por el arzobispo de Milán, Cassone de la Torre en 1311, y muchos otros concilios y decretos papales prohibían expresamente a los sacerdotes ejercer oficios de carnicero, mesonero o embaucador; incluso tener hostería en la iglesia o hacer de saltimbanqui.

A pesar de todo, aun en tiempos ordinarios se veían por toda la cristiandad tales escándalos; calcúlese lo que sucedía en tiempo de interdicto, cuando los transgresores no tenían inmunidad, ni fuero, ni beneficios que perder. En una palabra, cuando no había freno alguno para quien había perdido el de su conciencia.

—¡Venga Tremacoldo, venga el canónigo! seguía gritando la turba. Y ved aquí al juglar que sale del palacio arzobispal, escoltado por dos lanzas que le abren paso, y entra en el palenque.

El halconero del conde, que como padre de uno de los campeones había conseguido hacerse lugar cerca de la barrera, dio voces a su Lupo, que estaba en pie en medio de la arena aguardando el fin de la aventura. Cuando se hubo aproximado, le dijo: —Oye, guárdate de combatir con las armas no bendecidas; bien sabes las sospechas que corren sobre ese bribón, y señalaba a Ramengo, que con los brazos cruzados sobre el pecho se apoyaba en el extremo opuesto de la valla. —No tengáis cuidado, respondió el hijo, dejad que hagan lo que quieran; mis armas ya están bendecidas, lo ha hecho el monseñor esta mañana... ¡mas silencio!

Con esta noticia, al pobre Ambrosio le pareció que le volvía el alma al cuerpo.

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Gianfranco Maitilasso Grossi

Editor, curator, and founder of bilingual platforms focused on cultural critique, legacy-building, and editorial transparency. Based in Spain, active across Europe and Southeast Asia.Championing editorial clarity, mythic publishing, and queer voice.