Marcos Visconti - Capítulo X
por Tommaso Grossi
revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi
Noticia de Lodrisio Visconti. Banquete de Marcos.
Marcos, que estaba solo en su gabinete examinando unos papeles, apenas vio entrar a Ottorino, se puso en pie y se adelantó unos pasos a recibirle.

—¿Ya de vuelta? le dijo. Y bien, ¿cómo van las cosas en Monza?
—Todos malcontentos, respondió el joven; pero nadie osa levantar el gallo por miedo del duque de Teck.
—¿A quién has hablado?
—A los jefes güelfos que me indicasteis: Gunzino, Gavazza, Monegrino, Zeva y Berusio-Ravia, el cual, luego que pueda, sin ser observado, vendrá a conferenciar con vos sobre lo que convenga hacerse.
—¿Y qué nuevas me traes del pueblo?
—Malísimas: podrá informaros vuestro clérigo Martín, que enviasteis allá para que hiciese el apóstol. Por milagro ha escapado vivo de entre las uñas de aquel populacho que había emprendido catequizar.
—¿Tan fanáticos son por el antipapa Nicolás?
—No es que sean partidarios de éste más bien que de Juan; sino que son una cuadrilla de pícaros y sólo buscan pescar a río revuelto.
En esto contó Ottorino cuanto había acaecido en la iglesia de Monza.
—¡Canalla! repetía Marcos sonriéndose al oír aquellas hazañas. ¡Canalla! Pero siempre es así, y en todas partes lo mismo. Basta; lo que me importa ahora es descomponer y enredar la madeja, que después, a su tiempo, la peinaremos. Conque el pobre Martín...
—A fe mía que le han quitado la gana de predicar, y le quedará recuerdo para mucho tiempo.
—Por lo demás, a decir verdad, replicó Marcos, también ha procedido muy necio. ¿Se necesitan canas para saber que el pueblo sublevado es una mala bestia? ¿Y que cuando menos ha de hincar la uña en el vestido? ¡Dejarle hacer!... ¡Qué diablos!... Y luego, ¿tan malo es que de cuando en cuando vuelva al bolsillo de la pobre gente, en forma de marcos, de torzuelos o de libras imperiales, un poco de la plata y oro que se va almacenando por las sacristías en forma de lámparas, cruces y candeleros? ¿No se puede ser buen cristiano con lámparas de vidrio o de barro, y cruces de madera? Al fin y al cabo, todo aquel oro y plata, pregunto: ¿de dónde ha salido? Del bolsillo de la pobre gente. Lo que me da cuidado es que sean cismáticos de corazón.
—Sobre este punto podéis estar tranquilo, pues, a mi ver, no saben lo que es papa ni lo que es antipapa. ¿Queréis más? Después de haber puesto tan mal parado al pobre Martín, que predicaba por Juan contra Nicolás, empezaban ya a hacer otro tanto con un segundo que se había alzado a predicar por Nicolás contra Juan. Era un montañés venido de Limonta con el conde del Balzo, y a no llegar yo a tiempo, le ponen también como de Pascua.
—¿Conque ha venido el conde del Balzo?
—Acabamos de llegar juntos.
—Mira cómo ha obrado buen efecto la receta que te indiqué. Ahora que está aquí, mal haya si no saco partido de él. Convendrá empezar por... Haz una cosa... ¿Ha traído consigo la familia, no es verdad?
—En efecto, toda la familia.
—Mañana doy una pequeña comida a mis amigos; ¿no podrías arreglarte de manera que viniese contigo? Ermelinda... ciertamente no tengo esperanza de verla; pero... aquella Bice que me has subido a las nubes, si pudieses hallar medio de que acompañase a su padre...
Ottorino, que no hubiera sabido pedir cosa mejor, contando con que si su señor deseaba tanto ver a su querida joven, le perdonaría fácilmente el que rehusase la hija de Rusconi, prometió desde luego hacer todo lo posible para complacerle.
Al día siguiente fue muy de mañana a decir al conde que Marcos le aguardaba aquel día acompañado de Bice, y no se descuidó en ponderarle el grande crédito que le daría en Milán un favor tan distinguido, y que no quedaba arbitrio de excusarse.
La misma Ermelinda no tuvo que oponer cuando el conde se lo participó como cosa ya resuelta y determinada, pues la muchacha parecía quedar garantida con la compañía de Ottorino, que la había pedido formalmente, y era justo y natural que desease presentarla a su señor para que aprobase gustoso aquella unión y permitiese romper todo empeño anterior, en el cual había mediado él mismo.
Mas, a pesar de todo esto, al figurarse su hija en la presencia de Marcos, sentía un secreto terror, sostenido de recuerdos y presentimientos; y al dar licencia a Bice, que también se mostraba turbada por lo que había oído referir de aquel personaje, le pareció pronunciar una sentencia fatal que decidía la suerte de toda su vida.
Al verla partir, se le arrasaron de lágrimas los ojos.