El juego del tenis
🎾 Zapatillas de tenis y guerras elegantes: Sinner, Alcaraz y el juego que nos refleja
En la era de los ídolos algorítmicos y las vulnerabilidades curadas, Jannik Sinner y Carlos Alcaraz ofrecen algo raro: una rivalidad que se resiste a la simplificación. No es el clásico bien contra mal. No es Federer contra Nadal. Es convertirse en ser. Un duelo entre dos jóvenes que se niegan a ser productos terminados.
Alcaraz, el prodigio español, baila al borde del genio. Su juego es una sinfonía de improvisación—dejadas, ataques y esa arrogancia que convierte incluso los errores en espectáculo. Venció a Sinner en cuatro sets en el US Open, luego se retiró de Shanghái por una torcedura de tobillo, dejando tras de sí un vacío de especulación y deseo.
Sinner, el táctico italiano, es el contrapunto. No persigue la sombra de Alcaraz—la disecciona. Tras la derrota en Nueva York, admitió que su juego se había vuelto predecible. Luego vino el giro: nuevo saque, respuestas agresivas y un título en Pekín ganado con precisión quirúrgica. Su entrenador, Simone Vagnozzi, calificó la derrota como “no sorprendente”.” No es resignación—es estrategia.
Juntos, han dividido los últimos ocho títulos de Grand Slam. Han convertido el circuito ATP en una ópera de dos voces, con Zverev como coro amargo. (“Les ralentizan las pistas”, se quejó.) (Sinner respondió: “Nosotros no las hacemos.”)
Pero no se trata solo de rankings. Es una cuestión de control narrativo. Alcaraz tiene Netflix. Sinner tiene el silencio. Uno cuida su mito; el otro lo edita en tiempo real. Y sin embargo, ambos están reescribiendo el lenguaje del tenis—donde el respeto no significa moderación, y la rivalidad no es guerra.
Mientras se acercan París-Bercy y las ATP Finals, la pregunta no es quién será el número uno. Es quien se atreverá a evolucionar más rápido. Quién arriesgará perder para volverse inolvidable.
Quizás, la verdadera lección editorial sea esta: la grandeza no es un trofeo. Es un borrador.
🎾 La pelota amarilla que no veía
por Gianfranco Maitilasso Grossi
¿Alcaraz contra Sinner, o Sinner contra Alcaraz?
Yo no juego al tenis. Soy de la generación en la que, como decía Jannacci, “llevaba zapatillas de tenis, hablaba solo”—era como decir: un mendigo, algo extraño. A los trece años estudiaba piano y flauta en el Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán. Tenía buen toque (mi profesora se llamaba Tocco, ¡lo juro!) y no podía arriesgarlo jugando al tenis.
Más adelante, una exsecretaria mía se casó muy bien. Ella y su marido frecuentaban el Tennis Club de San Siro. Archivados mis sueños de gran artista, me invitaron a tomar clases. No esperé ni un segundo. Llevaba años deseando entrar en ese mundo dorado, prohibido. Me compré el equipo completo, las famosas zapatillas jannaccianas—que entonces no se usaban para caminar, sino solo para ese deporte de ricos.
No debí hacerlo. Me prestaron su entrenador personal, excelente y simpático. Pero ya en los primeros peloteos descubrió mis talentos ocultos… ¿la pelota? Esa cosa redonda, amarilla, que se usa en el tenis… pues yo ni la veía. Ni hablar de golpearla con la raqueta. Era como escalar el Himalaya. La buscaba a la izquierda, rebotaba a la derecha. Intentaba el saque y ella volaba a otro lugar. Un desastre. Me rendí. Pero no al encanto de ese deporte.
Hoy soy un apasionado. En la tele, claro, hundido en el sillón. Yo, que nunca fui fanático. Sigo a Alcaraz y Sinner por motivos diversos. No solo por nacionalidad—uno español, el otro italiano. Y yo, lo confieso, prefiero al español.
Pero hablemos de esta contienda entre titanes. No me gusta el fútbol, lo encuentro deprimente. Siempre me gustó el baloncesto: rápido, agresivo, excitante. También el atletismo, donde el rival es el tiempo, la altura, la distancia. Pero en el tenis hay algo único. Una guerra, sí, pero entre dos individuos. Durante el partido se odian, se desafían, incluso se burlan. Pero al final, se respetan. Se preguntan: ¿dónde me equivoqué más que él?
En el tenis se juega para ganar, pero también para aprender. Cada partido es una lección. Y cada uno es responsable solo de sí mismo. No se puede culpar a los demás. Peor para ti si no aprendiste.
Hoy los grandes jugadores ganan millones. Pero lo hacen con sus manos, su esfuerzo, su sacrificio. No gracias a contratos fabulosos ni equipos perfectos. Siempre es una apuesta consigo mismo. Dos personas que se enfrentan. No dos ejércitos. No hay civiles involucrados. Ni siquiera se tocan. Alguien, por rabia, podría golpear al otro con la raqueta. Pero es raro.
Por eso, quizás, el tenis sea la última utopía posible.