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Netanyahu & Trump; La normalización de la guerra: cuando la prensa renuncia a la verdad

Netanyahu & Trump

La normalización de la guerra: cuando la prensa renuncia a la verdad

War Mar 22, 2026

De la crónica a la complicidad: por qué la prensa “moderada” ya no cuenta lo que realmente importa.

El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, paseando el mes pasado por los jardines del Museo del Holocausto de Jerusalén Leo Correa / Ap-LaPresse
El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, paseando el mes pasado por los jardines del Museo del Holocausto de Jerusalén Leo Correa / Ap-LaPresse

Questo articolo prende spunto da “Netanyahu se aferra a la guerra”, pubblicato da La Vanguardia. Il titolo e il sottotitolo originali sono riportati qui sotto per completezza.

Articulo original de:

Ofer Laszewicki Rubin - Tel Aviv. Servicio especial - 22/03/2026 05:54

"Guerra en Oriente Próximo"

"Netanyahu se aferra a la guerra cuestionado por el fallo de inteligencia tras el ataque de Hamas, muchos elogian ahora sus éxitos en el frente de Irán"

1. El contexto: qué cuenta el artículo de La Vanguardia

(Síntesis basada en la página de hoy: “Netanyahu se aferra a la guerra”)

El artículo describe cómo, tras el trauma del 7 de octubre de 2023 y el fallo de inteligencia que permitió el ataque de Hamás, Benjamin Netanyahu ha convertido la guerra contra Irán y las milicias proiraníes en su principal fuente de legitimidad política.

Según los datos citados, el 93% de los israelíes judíos apoya la operación militar contra Teherán, mientras que solo el 26% de los árabes israelíes la respalda. A pesar de este amplio apoyo, las encuestas no muestran un aumento de escaños para la coalición gobernante: la guerra no está fortaleciendo al Likud.

Muchos temas internos —la reforma judicial, la exención militar de los ultraortodoxos, los escándalos políticos, el terrorismo de colonos— han quedado relegados. Todo gira en torno a Irán.

La prensa israelí mencionada (Ha’aretz, Yediot Aharonot) reconoce ciertos “éxitos operativos” contra la infraestructura iraní, pero también señala que Netanyahu parece decidido a prolongar el conflicto hasta las elecciones.

El artículo recuerda además que el primer ministro sigue enfrentando procesos por corrupción, fraude y abuso de confianza, y que ha pedido al presidente Isaac Herzog una exención. Donald Trump, en su visita a la Knéset, apoyó esta solicitud.

El texto concluye que no está claro si la llamada “guerra por la redención”, como la define Netanyahu, logrará debilitar al régimen iraní. Dos años de guerra en Gaza no han impedido que Hamás siga operando en la Franja.

Introducción editorial

El mundo está tomando un rumbo que ya no reconozco.
Al final de la Segunda Guerra Mundial tenía tres años: demasiado pequeño para comprender, pero lo bastante mayor para crecer en una época que parecía haber aprendido la lección.

Durante décadas creímos que la humanidad había encontrado por fin un equilibrio:
la reconstrucción, el milagro italiano, el auge de las economías emergentes, la modernización, la mejora de las condiciones de vida, la expansión de los derechos civiles, las nuevas tecnologías que prometían —aunque no siempre cumplieron— un futuro mejor.

Por supuesto, no todo era perfecto.
El comunismo, nacido como herramienta de emancipación, fue utilizado demasiadas veces como excusa para dictaduras sangrientas.
Más tarde, tras la caída de los grandes mitos ideológicos, vimos surgir sistemas “comunistas” solo de nombre y “capitalistas” de hecho, como China.
Mientras tanto, el 10% de la población mundial acumulaba riquezas inmensas, mientras la mitad del planeta quedaba al margen.
Las guerras no desaparecieron, pero parecían lejanas, contenidas, periféricas.

Y sin embargo, pese a todo, el camino estaba trazado:
setenta años de paz relativa, de crecimiento, de esperanza.

Hasta que llegó una cita electoral fatídica en la llamada “mayor democracia del mundo”, y la historia cambió de dirección.
Regresamos al “Dios lo quiere”, a la guerra fratricida, a la política como choque apocalíptico.

Estallaron los abscesos que el cuerpo del mundo no había querido curar:
las hipocresías, las desigualdades, las mentiras, las guerras que tantas constituciones habían repudiado.

Y aquí estamos.
Yo, que he vivido 84 años —muchos de ellos felices, prósperos, llenos de confianza— miro lo que ocurre y no puedo sino sentir horror.

2. J’ACCUSE — Contra la falsa neutralidad de la prensa

Yo acuso.
Acuso a la prensa que se define “liberal”, “moderada”, “equilibrada”, de haber traicionado su misión más sagrada: decir la verdad cuando la verdad quema.

Acuso a La Vanguardia, Ha’aretz y a todos los periódicos que hablan a las clases medias ilustradas, tranquilizándolas con un lenguaje técnico, analítico, quirúrgico, mientras el mundo arde.
Acuso su neutralidad aparente, que no es neutralidad sino complicidad involuntaria.
Acuso su prudencia, que no es prudencia sino miedo a incomodar a sus lectores.

Acuso la narrativa que presenta la guerra como inevitable, casi ya ganada, casi natural.
Acuso la omisión sistemática del dolor:
de los civiles bajo los escombros,
de los soldados enviados al sacrificio,
de las ciudades arrasadas,
de la economía mundial desestabilizada,
de la inflación que golpea a los más vulnerables,
de la diplomacia ignorada,
del futuro sacrificado.

Acuso a la prensa que habla de “éxitos operativos” mientras la región se desliza hacia un conflicto interminable.
Acuso a quienes describen la guerra como un hecho técnico, un algoritmo militar, un ejercicio estratégico, y no como una catástrofe humana.

Acuso el silencio sobre las responsabilidades políticas debatidas en la Knéset:
sobre la falta de prevención,
sobre las decisiones estratégicas fallidas,
sobre las ambigüedades en la relación con Gaza,
sobre las críticas de Lapid, Gantz, Eisenkot,
sobre las peticiones de dimisión,
sobre el debate de la amnistía presidencial.

Acuso la memoria corta de quienes presentan a Irán como amenaza absoluta, olvidando que existía un acuerdo internacional sobre su programa nuclear, que funcionaba, y que fue abandonado.
Acuso la narrativa que convierte la geopolítica en destino, la guerra en necesidad, la diplomacia en ingenuidad.

Acuso la retórica religiosa que lo justifica todo y no explica nada.
Acuso la idea de un pueblo elegido cuando se convierte en privilegio político, franquicia moral, inmunidad ética.
Acuso a quienes transforman la fe en ideología, el mito en derecho, la historia en arma.

Acuso a la prensa que no se atreve a decir lo evidente:
que ninguna guerra está ganada hasta que termina,
que ninguna guerra es necesaria mientras exista una vía diplomática,
que ninguna guerra es “quirúrgica”,
que ninguna guerra es “inevitable”.

Yo acuso.
Acuso a la prensa que abdica de su papel de conciencia crítica.
Acuso a la prensa que informa sin iluminar.
Acuso a la prensa que registra los hechos como si fueran fenómenos meteorológicos.
Acuso a la prensa que no tiene el valor de decir a sus lectores lo que no quieren oír.

Y acuso a nosotros, ciudadanos, seres humanos, cuando aceptamos la guerra como normalidad, cuando nos acostumbramos al dolor ajeno, cuando confundimos análisis con verdad, equilibrio con justicia, prudencia con responsabilidad.

Yo acuso.
Porque si no lo decimos ahora, ¿cuándo.
Y si no lo decimos nosotros, ¿quién.

Gianfranco Maitilasso Grossi


From reporting to indictment: when the press abandons its moral duty

1. The context: what the La Vanguardia article says

(Summary based on the page opened today: “Netanyahu se aferra a la guerra”)

The article describes how, after the trauma of October 7th, 2023 and the intelligence failure that allowed Hamas’s attack, Benjamin Netanyahu has turned the war against Iran and its proxy militias into his main source of political legitimacy.

According to the data cited, 93% of Jewish Israelis support the military operation against Tehran, while only 26% of Arab Israelis do. Despite this overwhelming support, polls show no increase in seats for the governing coalition: the war is not strengthening Likud.

Many internal issues — judicial reform, ultra-Orthodox military exemptions, political scandals, settler terrorism — have been pushed aside. Everything revolves around Iran.

The Israeli media outlets mentioned (Ha’aretz, Yediot Aharonot) acknowledge certain “operational successes” against Iranian infrastructure, but also note that Netanyahu appears intent on prolonging the conflict until the next elections.

The article also recalls that the prime minister still faces charges of corruption, fraud, and breach of trust, and has asked President Isaac Herzog for an exemption. Donald Trump, during his visit to the Knesset, supported this request.

The article concludes that it is unclear whether Netanyahu’s so‑called “war of redemption” will weaken the Iranian regime. Two years of war in Gaza did not prevent Hamas from continuing to operate in the Strip.

Editorial Introduction

The world is moving down a path I no longer recognize.
At the end of the Second World War I was three years old: too young to understand, but old enough to grow up in an era that seemed to have learned its lesson.

For decades we believed humanity had finally found a balance:
reconstruction, the Italian economic miracle, the rise of emerging economies, modernization, improved living conditions, the expansion of civil rights, new technologies that promised —though did not always deliver— a better future.

Of course, not everything was perfect.
Communism, born as a tool of emancipation, was too often used as a pretext for brutal dictatorships.
Later, after the collapse of the great ideological myths, we saw the rise of systems “communist” in name and “capitalist” in practice, like China.
Meanwhile, 10% of the world’s population accumulated immense wealth while half the planet remained on the margins.
Wars did not disappear, but they seemed distant, contained, peripheral.

And yet, despite everything, the path was clear:
seventy years of relative peace, growth, and hope.

Then came a fateful electoral moment in the so‑called “greatest democracy in the world”, and history changed direction.
We returned to “God wills it”, to fratricidal conflict, to politics as apocalyptic confrontation.

The abscesses the world had refused to treat burst open:
hypocrisy, inequality, deception, the wars so many constitutions had repudiated.

And here we are.
I, who have lived 84 years —many of them happy, prosperous, full of trust— look at what is happening and can only feel horror.

2. J’ACCUSE — Against the false neutrality of the press

I accuse.
I accuse the press that calls itself “liberal”, “moderate”, “balanced”, of betraying its most sacred mission: to tell the truth when the truth burns.

I accuse La Vanguardia, Ha’aretz, and all newspapers that speak to the educated middle classes, soothing them with technical, analytical, surgical language while the world burns.
I accuse their apparent neutrality, which is not neutrality but involuntary complicity.
I accuse their prudence, which is not prudence but fear of disturbing their readers.

I accuse the narrative that presents war as inevitable, almost already won, almost natural.
I accuse the systematic omission of suffering:
civilians under rubble,
soldiers sent to die,
cities erased,
the global economy destabilized,
inflation hitting the weakest,
diplomacy ignored,
the future sacrificed.

I accuse the press that speaks of “operational successes” while the region slides into endless conflict.
I accuse those who describe war as a technical fact, a military algorithm, a strategic exercise, and not as a human catastrophe.

I accuse the silence surrounding the political responsibilities debated in the Knesset:
the failure to prevent the attack,
the flawed strategic decisions,
the ambiguities in Gaza policy,
the criticisms from Lapid, Gantz, Eisenkot,
the calls for resignation,
the debate over presidential exemption.

I accuse the short memory of those who portray Iran as an absolute threat, forgetting that an international nuclear agreement existed, worked, and was abandoned.
I accuse the narrative that turns geopolitics into destiny, war into necessity, diplomacy into naïveté.

I accuse the religious rhetoric that justifies everything and explains nothing.
I accuse the idea of a chosen people when it becomes political privilege, moral immunity, ethical exemption.
I accuse those who turn faith into ideology, myth into entitlement, history into a weapon.

I accuse the press that does not dare to say what is obvious:
that no war is won until it ends,
that no war is necessary while diplomacy exists,
that no war is “surgical”,
that no war is “inevitable”.

I accuse.
I accuse the press that abdicates its role as a critical conscience.
I accuse the press that informs without illuminating.
I accuse the press that records events as if they were weather patterns.
I accuse the press that lacks the courage to tell readers what they do not want to hear.

And I accuse us — citizens, human beings — when we accept war as normality, when we grow accustomed to the suffering of others, when we confuse analysis with truth, balance with justice, prudence with responsibility.

I accuse.
Because if we do not say it now, when.
And if we do not say it, who.

Gianfranco Maitilasso Grossi


Dalla cronaca alla denuncia: quando la stampa abdica al suo ruolo morale

1. Il contesto: cosa racconta l’articolo di La Vanguardia

(Sintesi basata sulla pagina di oggi: “Netanyahu se aferra a la guerra”)

L’articolo descrive come, dopo il trauma del 7 ottobre 2023 e il fallimento dell’intelligence israeliana, Benjamin Netanyahu abbia trasformato la guerra contro l’Iran e le milizie filo-iraniane nel suo principale strumento di legittimazione politica.

Secondo i dati citati, il 93% degli israeliani ebrei sostiene l’operazione militare contro Teheran, mentre solo il 26% degli arabi israeliani lo approva. Nonostante questo consenso, i sondaggi non mostrano un aumento dei seggi per la coalizione di governo: la guerra non sta rafforzando il Likud.

Molti temi interni — riforma giudiziaria, esenzione militare degli ultraortodossi, scandali politici, terrorismo dei coloni — sono stati messi in secondo piano. Tutto ruota attorno all’Iran.

La stampa israeliana citata (Ha’aretz, Yediot Aharonot) riconosce alcuni “successi operativi” contro le infrastrutture iraniane, ma nota anche che Netanyahu sembra intenzionato a prolungare il conflitto fino alle elezioni.

Si ricorda inoltre che il premier è ancora sotto processo per corruzione, frode e abuso di fiducia, e che ha chiesto al presidente Isaac Herzog un’esenzione dai procedimenti. Donald Trump, in visita alla Knesset, ha sostenuto questa richiesta.

L’articolo conclude che non è chiaro se la “guerra per la redenzione”, come la definisce Netanyahu, riuscirà a indebolire il regime iraniano. Due anni di guerra a Gaza non hanno eliminato Hamas, che continua a operare nella Striscia.

Introduzione editoriale

Il mondo sta imboccando una strada che non riconosco più.
Alla fine della Seconda guerra mondiale avevo tre anni: troppo piccolo per capire, abbastanza grande per crescere in un’epoca che sembrava aver imparato la lezione.

Per decenni abbiamo creduto che l’umanità avesse finalmente trovato un equilibrio:
la ricostruzione, il miracolo italiano, l’ascesa delle economie emergenti, la modernizzazione, il miglioramento delle condizioni di vita, l’espansione dei diritti civili, le nuove tecnologie che promettevano — anche se non sempre hanno mantenuto — un futuro migliore.

Certo, non tutto era perfetto.
Il comunismo, nato come strumento di emancipazione, è stato troppo spesso usato come pretesto per dittature sanguinarie.
Poi, caduti i grandi miti ideologici, abbiamo visto nascere sistemi “comunisti” solo di nome e “capitalisti” di fatto, come la Cina.
Nel frattempo, il 10% della popolazione mondiale accumulava ricchezze immense, mentre metà del pianeta restava ai margini.
Le guerre non erano scomparse, ma sembravano lontane, contenute, periferiche.

Eppure, nonostante tutto, il solco era tracciato:
settanta anni di pace relativa, di crescita, di speranza.

Poi è arrivato un appuntamento elettorale fatale, nella cosiddetta “più grande democrazia del mondo”, e la storia ha cambiato direzione.
Siamo tornati al “Dio lo vuole”, alla guerra fratricida, alla politica come scontro apocalittico.

Sono esplosi i bubboni che il corpo del mondo non aveva voluto curare:
le ipocrisie, le disuguaglianze, le menzogne, le guerre che tante Costituzioni avevano ripudiato.

E ora ci troviamo qui.
Io, che ho vissuto 84 anni — molti dei quali felici, prosperi, pieni di fiducia — guardo ciò che accade e non posso che provare orrore.

2. J’ACCUSE — Contro la falsa neutralità della stampa

J’accuse.
Accuso la stampa che si definisce “liberale”, “moderata”, “equilibrata”, di aver tradito la sua missione più sacra: dire la verità quando la verità brucia.

Accuso La Vanguardia, Haaretz e tutti i giornali che parlano al ceto medio istruito, rassicurandolo con un linguaggio tecnico, analitico, chirurgico, mentre il mondo brucia.
Accuso la loro neutralità apparente, che non è neutralità ma complicità involontaria.
Accuso la loro prudenza, che non è prudenza ma paura di disturbare i propri lettori.

Accuso la narrazione che presenta la guerra come inevitabile, quasi già vinta, quasi naturale.
Accuso l’omissione sistematica del dolore:
dei civili sotto le macerie,
dei soldati mandati allo sbaraglio,
delle città rase al suolo,
dell’economia mondiale destabilizzata,
dell’inflazione che colpisce i più deboli,
della diplomazia ignorata,
del futuro sacrificato.

Accuso la stampa che parla di “successi operativi” mentre la regione scivola verso un conflitto senza fine.
Accuso chi descrive la guerra come un fatto tecnico, un algoritmo militare, un esercizio di strategia, e non come una catastrofe umana.

Accuso il silenzio sulle responsabilità politiche discusse alla Knesset:
sulla mancata prevenzione,
sulle scelte strategiche fallimentari,
sulle ambiguità dei rapporti con Gaza,
sulle critiche di Lapid, Gantz, Eisenkot,
sulle richieste di dimissioni,
sul dibattito sull’amnistia presidenziale.

Accuso la memoria corta di chi parla dell’Iran come minaccia assoluta, dimenticando che un accordo internazionale sul nucleare esisteva, funzionava, ed è stato abbandonato.
Accuso la narrazione che trasforma la geopolitica in destino, la guerra in necessità, la diplomazia in ingenuità.

Accuso la retorica religiosa che giustifica tutto e non spiega nulla.
Accuso l’idea di un popolo eletto quando diventa privilegio politico, franchigia morale, immunità etica.
Accuso chi trasforma la fede in ideologia, il mito in diritto, la storia in arma.

Accuso la stampa che non osa dire ciò che è evidente:
che nessuna guerra è vinta finché non è finita,
che nessuna guerra è necessaria finché esiste una via diplomatica,
che nessuna guerra è “chirurgica”,
che nessuna guerra è “inevitabile”.

J’accuse.
Accuso la stampa che abdica al suo ruolo di coscienza critica.
Accuso la stampa che informa senza illuminare.
Accuso la stampa che registra i fatti come se fossero fenomeni meteorologici.
Accuso la stampa che non ha il coraggio di dire ai lettori ciò che non vogliono sentire.

E accuso noi, lettori, cittadini, esseri umani, quando accettiamo la guerra come normalità, quando ci abituiamo al dolore degli altri, quando confondiamo l’analisi con la verità, l’equilibrio con la giustizia, la prudenza con la responsabilità.

J’accuse.
Perché se non lo diciamo ora, quando?
Se non lo diciamo noi, chi?

Gianfranco Maitilasso Grossi

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Gianfranco Maitilasso Grossi

Editor, curator, and founder of bilingual platforms focused on cultural critique, legacy-building, and editorial transparency. Based in Spain, active across Europe and Southeast Asia.Championing editorial clarity, mythic publishing, and queer voice.