Marcos Visconti - Capítulo IX
por Tommaso Grossi
revisado, editado y reelaborado por Gianfranco Maitilasso Grossi
El mismo asunto. Devastación de la catedral de San Juan en Monza. Declaración de Ottorino. Llegada a Milán.

Llegaron a la plaza de San Juan de Monza a la hora de vísperas y vieron una numerosa concurrencia agolpada alrededor de un cura que, subido en un banquillo, predicaba con gran vehemencia. El pueblo, al ver la cabalgata, abandonó al predicador y corrió a rodear a los forasteros, con la curiosidad de saber quiénes eran, de dónde venían y adónde se dirigían. En un momento, nuestros viajeros se vieron envueltos en una nube de curiosos importunos.
Ermelinda, para librarse de aquella incomodidad y de aquel apretujamiento, observando que la iglesia estaba abierta, dijo a su marido:
—Nosotras, las mujeres, os aguardaremos ahí dentro mientras vais a ver a Ottorino. Despachad pronto, para que podamos marcharnos y llegar a Milán, si es posible, antes de que anochezca.
—¿Queréis entrar en una iglesia en tiempo de entredicho? observó el conde, aunque en voz baja, pues ignoraba la opinión de aquella grosera multitud que le rodeaba y no quería exponerse a sufrir algún contratiempo.
Su mujer, sin embargo, no hizo caso del escrúpulo. Tomó del brazo a su hija, hizo señas a Laureta, a Mariana y al halconero para que la siguieran y, atravesando la concurrencia, entró con ellos en San Juan.
El altar mayor conservaba sus ornamentos; las velas y las lámparas estaban encendidas, y en el coro se oía a los canónigos salmodiar como en tiempos ordinarios. También en Monza todo el clero era partidario del antipapa Nicolás V y, habiendo depuesto legalmente a Juan XXII, despreciaban el entredicho que este había fulminado.
Ermelinda dudó un momento si debía retroceder, por temor a la excomunión en que incurrían quienes asistían a los oficios divinos celebrados por sacerdotes cismáticos durante el entredicho. Pero luego se dijo a sí misma:
«Yo entro aquí únicamente para descansar, como entraría en una casa o bajo un pórtico.»
Y, sin hacer reverencia ni santiguarse, se acomodó en un banco e hizo sentar a su hija a su lado.
Al verlo, la madre de Laureta, completamente fanatizada por las máximas de otro de sus hijos, que había aprendido cuatro quis vel qui de un monje cismático de San Ambrosio, sintió arder la indignación en su pecho. Dio un fuerte tirón al vestido de su hija que, al ver sentarse a las señoras, iba a imitarlas, y la obligó a arrodillarse a su lado. Después lanzó una mirada de basilisco a su marido, que había permanecido de pie y, con las manos a la espalda, se entretenía contemplando las sibilas y los profetas pintados sobre la cornisa. Finalmente, incapaz ya de contenerse, comenzó a murmurar entre dientes:
—¿Es esta manera de entrar en la iglesia? Como si entraran en un establo. ¡Es una vergüenza!
—Callad, que las amas podrían oíros —le susurró Laureta al oído.
—No quiero callar; y más te valdría santiguarte y rezar alguna oración. ¡Y ese padre tuyo está ahí embobado mirando hacia arriba como un mentecato!
—Vamos, callad —repitió la hija—. Si queréis rezar una oración, rezad; pero al menos callad.
—¡No quiero! ¡Es una vergüenza ver a cristianos comportarse así en una iglesia! ¡Si hubieras oído lo que decía anoche tu hermano, si lo hubieras oído! Pero nadie quiere escucharle.
La hija, comprendiendo que cada réplica no hacía sino estimularla y hacerla hablar más alto, optó por guardar silencio y dejar que se desahogara.
En efecto, ante aquella retirada, la vieja fue gruñendo cada vez menos y en voz más baja, hasta quedar por completo en silencio

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