El triunfo de la estupidez
Jano García
Un original ensayo político sobre cómo la mediocridad ha conquistado el poder, en el que Jano García desmonta con datos el relato establecido sobre la igualdad, la justicia social, la multiculturalidad o la solidaridad intergeneracional.
Un libro imprescindible que nos ofrece argumentos para contrarrestar la más dañina de las pandemias: la de la estupidez.
Introducción a la estupidez

El mundo está lleno de estúpidos. Se asegura que nunca antes había tantos incultos, estúpidos y dementes rondando por el planeta Tierra. Pues bien, esta afirmación es falsa. Quizá no en cuanto a números absolutos se refiere, pero relativamente no creo que el número haya sufrido un gran avance en términos porcentuales.
Si hay algo que caracteriza el mundo actual es la capacidad a la hora de conocer lo que ocurre en lugares remotos. Hasta no hace mucho tiempo, las naciones asiáticas se consideraban una especie de submundo en el que todo quedaba englobado como «los chinos» a pesar de las enormes diferencias que existen en el continente asiático. Sí, esas personitas de piel amarilla y ojos rasgados eran todo lo que el populacho creía conocer del otro mundo. La globalización vino acompañada —irremediablemente— de la hiperconectividad que engloba nuestros días a través de internet. De ese modo, naciones que apenas nadie sabía ubicar en el mapa pasaron a convertirse en los destinos favoritos de los viajeros y, también, de los viajes de luna de miel. ¡Mira, veneran a un elefante con cuatro brazos!, cuando lo cierto es que llevan venerando al dios Ganesha desde allá por el siglo IV d. C., y el hinduismo hunde sus raíces en la religión védica, que cuenta, aproximadamente, con más de cuatro mil años de historia. Pero para nosotros, los occidentales, pareciera que nada de lo que conocíamos previamente existía, lo cual supone toda una relevación novedosa. Este hecho, el de la conectividad instantánea con todos los mundos que habitan la Tierra, ha provocado que las estupideces, tanto propias como ajenas, corran a gran velocidad haciéndonos creer que somos más estúpidos que nunca. Lo cierto es, sin embargo, que el ser humano siempre ha contado con esa condición en su seno, solo que ahora se expone con mayor asiduidad ante nuestros ojos.
El gran cambio no ha sido un incremento de estúpidos, sino más bien la llegada del superhombre democrático, una época en la que todas las opiniones valen lo mismo —o eso dicen— y cada cual tiene plena libertad para expresarse. Esto atañe a todos los individuos sin excepción, pero el estúpido en la actualidad no solo siente la necesidad de hablar y expresarse públicamente, sino que, además, las élites gubernamentales le han dicho que lo haga sin pudor. ¡Nadie es menos que nadie! ¡Tienes derecho a expresarte! Esta terrible incitación ha provocado, como es lógico, que el estúpido se lance al mundo a gritar a los cuatro vientos lo estúpido que es. Asimismo, se ha topado con la sorpresa de que no es tan estúpido como creía o le habían dicho, pues hasta el más idiota de los hombres es capaz de encontrar un coro de estúpidos que le dan «like», lo retuiteen, lo sigan y hasta lo voten. ¡Miradme, no era como me habías hecho creer!, asegura el rey de los estúpidos. El hecho de contar con una camarilla de estúpidos no hace que el nivel de estupidez sea menor; simplemente, donde antes había un estúpido diciendo estupideces, ahora hay mil, cien mil, un millón o varios millones. La estupidez no queda eliminada por unir a la causa a un número indeterminado de otros ejemplares que pertenecen a la misma especie; más bien, la estupidez aumenta haciendo que los talentosos entren en pánico al contemplar cómo los seres más limitados exponen sus estúpidas tesis e, incluso, llegan a dirigir naciones centenarias cuya dirección antes quedaba reservada a una élite de personas instruidas y capaces. Este hecho diferencial es el que les hace creer que el hombre contemporáneo es más estúpido que nunca. Esta tesis no es cierta ni consistente. La humanidad siempre ha estado compuesta por una mayoría de estúpidos que realizaban y decían estupideces. El cambio, no menor, ha sido otorgarle a la masa estúpida el poder de dirigir las naciones, las empresas públicas, las instituciones y las tareas más complejas a las que toda nación debe enfrentarse.
Y es que antiguamente el estúpido se autocensuraba, es decir, temía hacer el ridículo diciendo alguna estupidez y trataba de ocultarla o disimularla interviniendo lo menos posible en los asuntos de índole compleja. Pero llegó la democracia y la masa pasó de ser despreciada por las élites a convertirse en la masa divina. Los reyes ya no tenían la potestad de ostentar el poder por derecho divino, ahora era la masa la que contaba con esa gracia impuesta por vete a saber quién. De hecho, nunca nadie logró explicar por qué sí es justo estar sometido a la masa y no a un monarca. ¿Simplemente porque son más? ¡Menudo argumento!
Nadie se reconoce a sí mismo como estúpido. Es como esos españoles —en concreto, el 88 %— que aseguran que circulan demasiados coches por las ciudades (eso sí, ninguno cree que sea el suyo el que molesta), o esos ciudadanos que dicen que el turismo es aberrante (eso sí, cuando viajan ellos no son turistas, sino una especie de exploradores que van a descubrir váyase a saber usted qué). Y qué decir de los que aseguran que el planeta va a implosionar por consumir demasiados recursos (pero el que lo denuncia no cree que su consumo afecte). Pues lo mismo ocurre con la estupidez: nadie se reconoce como tal. Nunca nadie creó la asociación de los estúpidos, ni el partido de los estúpidos. No tienen rey, ni presidente, ni estatutos que los rijan. A diferencia de lo que ocurre con el resto de ideas o formas de vida, que siempre encuentran una forma de articularse y una serie de valores en los que reconocerse para guiar su existencia, el estúpido no, pero a pesar de ello, la estupidez consigue actuar con una perfecta armonía que ni el libre mercado es capaz de lograr. La estupidez no descansa en ningún momento del día, del mes o del año. Activa veinticuatro horas, sin un solo día de descanso, la estupidez consigue vencer allá donde se lo propone debido a su profunda, intensa y obstinada necesidad de demostrar al mundo lo poderosa que es.
Si es cierto que Dios creó al hombre, es casi seguro que Dios tiene un gran sentido del humor. Un humor cínico e irónico que le llevó a crear una mayoría de estúpidos y, a su vez, una pequeñísima parte de genios que, sufriendo en sus carnes a diario el estar rodeados de estúpidos, han sido capaces de lograr los avances humanos más espectaculares y maravillosos. Como si de una investigación se tratara para descubrir hasta qué punto el talento puede sobreponerse a las peores de las calamidades, la estupidez ha sido incapaz de detener el progreso humano a lo largo del tiempo. Y eso, las mentes brillantes de nuestra historia y presente lo consiguen a pesar de estar sometidas a una monotonía incesante de estupidez allá por donde miran, siendo estorbadas en cada proceso y obstaculizadas en cada actividad que realizan. Un milagro espectacular al que uno solo puede arrodillarse por tan extraordinaria criatura. No ocurre lo propio en el reino animal, en el que los débiles quedan destruidos por los más fuertes continuamente y aquellos animales que no pudieron adaptarse al devenir de los tiempos se extinguieron. La estupidez no solo consigue sobrevivir, sino que se perfecciona con el paso del tiempo y su supervivencia es deudora de los más brillantes, por más que tratan de acabar con ellos de todas las formas posibles. Por eso no debería desmotivarnos la estupidez que reina en nuestros días. Si bien es cierto que en esta era la estupidez se exhibe sin rubor y la hiperconectividad de nuestro tiempo hace que uno se tope con ella casi cada minuto que está despierto, el milagro de la humanidad es imparable.
Otro de los rasgos distintivos de la estupidez es el egocentrismo disparatado, creerse el centro del universo. Los estúpidos asumen que los estúpidos eran nuestros antepasados que habitaban en la más absoluta oscuridad, llegando al punto de compadecerse de ellos. Míralos, pobrecitos, cómo vivían... Porque el estúpido no entiende que la evolución humana, el gran milagro de todos, es imparable a pesar de que la humanidad esté compuesta por necios que no saben ni adónde van ni por qué. Afortunadamente, la vida eterna no está reservada para la vida terrenal y nosotros no lo veremos, pero no le quepa duda de que transcurridos unos siglos desde nuestra marcha los humanos que habiten el planeta Tierra estudiarán nuestros comportamientos y los tacharán de estúpidos. Se compadecerán al comprobar cómo viajábamos hacinados como ganado en avioncitos que tardaban diez horas en cruzar el charco mientras que ellos lo harán en cuestión de minutos. Siempre ha sido así y siempre lo será. El hombre contemporáneo estúpido cree que el fin de la historia ha llegado con su existencia y que nada es susceptible de mejorar o avanzar si no está él en el mundo. Es por ello que el ser humano es una criatura extraordinaria de una valía incomparable. A pesar de la estupidez, de cómo esta sigue vigente con el paso de los siglos, es heredada de tatarabuelos a tataranietos, recorre a gran velocidad el globo terráqueo y se hace presente en cada rincón, en cada gremio y en cada acto rutinario de nuestra vida, siempre hay una pequeña élite que es capaz de hacernos avanzar.
Siempre hemos sido profundamente estúpidos e incluso ridículos, pero las grandes tragedias de la humanidad se han podido superar gracias a aquellos que tienen la fortuna de no padecer la condición estúpida de la mayoría. El ser humano no es la única especie que habita el planeta que tiene que sufrir todo tipo de calamidades, pero sí es cierto que es el único animal racional y eso le obliga a cargar con una sobredosis de lamentos, miedos, frustraciones y temores que no se dan en otros animales. La corriente igualitaria que lleva siglos transitando por Occidente asume una tesis que, de ser cierta, haría que la humanidad no hubiese progresado jamás: todos somos iguales, igual de estúpidos. Como decía Voltaire en una carta dirigida a D’Aquin de Château-Lyon: «Dios ha dado el canto a los ruiseñores y el olfato al perro. Y con todo, hay perros que no lo tienen. ¡Qué extravagancia pensar que todo hombre habría podido ser Newton!».[1]
A Dios gracias, esta tesis es falsa, a pesar de los innumerables intentos por parte de los gobernantes democráticos, los grandes medios de masas, los científicos y sociólogos deplorables de presentar largos informes que dicen corroborar dicha tesis. Algunos llegan incluso a sostener que si no somos iguales se debe a un constructo social que ha generado una desigualdad entre los hombres, pero que esta desigualdad puede ser vencida si se acaba con aquello que la generó. Lo que vienen a decirnos es que nadie es estúpido per se y que nadie puede poseer de forma innata un talento especial que lo diferencie del resto. Es una opinión enormemente extendida que no se sostiene. Por lo que a mí respecta, tengo la convicción, avalada simplemente por la observación, de que los seres humanos no somos iguales. Algunos son estúpidos y otros no, del mismo modo que hay altos y bajos, guapas y feas, gordos y delgados, rubios y morenos. Unos son estúpidos por decisión propia, mientras que otros lo son no porque lo hayan decidido o hayan recibido una educación particular, sino por la inapelable, firme, inamovible e incuestionable naturaleza humana.
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El estúpido se hace y, sobre todo, nace. Muchos son estúpidos por el designio de la Providencia o, como decía Cipolla, «uno pertenece al grupo de los estúpidos como otro pertenece a un grupo sanguíneo».[2] Una vez obtenida la condición de estúpido desde el vientre materno, uno no puede hacer nada para deshacerse de ella. Será su compañera de viaje hasta el final de sus días y, a lo sumo, podrá ser consciente de su estupidez y tratar de ocultarla, pero esta siempre descubrirá la manera de exhibirse. Igualmente, la estupidez no afecta particularmente más a los hijos de los pobres que a los hijos de los ricos, como tampoco lo hace por cuestiones de sexo, raza o religión. La estupidez es, como dicen ahora los horteras, genuinamente transversal y ataca indiscriminadamente a todos los grupos humanos. La probabilidad de ser estúpido es la misma para todos sin importar la condición. De igual forma, la estupidez no solo ataca de forma directa a los estúpidos, sino que también lo hace de manera indirecta a los que no lo son. Los seres humanos somos gregarios por naturaleza y una de nuestras características fundamentales es la necesidad de socializar con otros individuos. Unos podrán hacerlo con mayor o menor intensidad, pues no a todos nos gustan las mismas cosas y donde uno halla gozo rodeado de miles de personas otro halla desasosiego. No obstante, incluso el hombre más ermitaño tiene que tratar con sus semejantes y aunque sea en menor escala se topará irremediablemente con seres estúpidos. Nadie escapa al fenómeno, simplemente unos se enfrentarán a la estupidez con mayor asiduidad y otros lo harán de forma menos recurrente.
El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer sostenía que la estupidez es la más peligrosa de las condiciones, peor incluso que la maldad, pues la primera puede ser fácilmente manipulada en favor de la segunda. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que la estupidez es como la muerte. Cuando uno fallece no sabe que está muerto y no sufre por ello, pero sí lo hace el resto de su entorno, que lamenta su pérdida. Lo mismo ocurre cuando uno es estúpido. Y es que el estúpido se hace daño a sí mismo, pero también se lo hace a los demás. No saca provecho alguno para sí, llegando al punto de perjudicarse a sí mismo en el ejercicio de su estupidez. Ante esta realidad, los seres humanos racionales suelen reaccionar con incredulidad al ver un comportamiento estúpido, pues son incapaces de comprender qué razonamiento los ha llevado a tomar esa decisión. Además, la estupidez —a diferencia de la maldad— no puede ser prevista ya que actúa en cualquier momento, situación y condición. Todos los seres racionalmente superiores a los estúpidos recuerdan acontecimientos en los que la estupidez les provocó una pérdida sin que el otro obtuviera un provecho por ello. Si, por el contrario, al sufrir una pérdida el otro obtuvo un beneficio, entonces no estamos hablando de un estúpido, sino de un malvado. El ser humano perverso es aquel que nos perjudica y recurre a la calumnia, el fraude o la mentira para beneficiarse él durante el proceso; es decir, tú pierdes, pero él gana algo a cambio. En el otro extremo encontramos a las personas inteligentes que nos permiten sacar un beneficio no solo para ellos, sino también para nosotros. Dichos casos ocurren a lo largo de nuestra existencia en numerosas ocasiones, si bien en la mayoría de nuestras relaciones humanas lo habitual es toparse con estas absurdas criaturas que entorpecen, que generan inconvenientes y una pérdida de energía sin que estas ganen absolutamente nada con sus acciones. ¿Cómo explicar racionalmente el proceder de un estúpido si no obtiene beneficio alguno? Resulta imposible. La única explicación a su comportamiento es que esa persona es profundamente estúpida. Si bien un malvado puede ser inteligente, no tiene por qué ser estúpido; el estúpido irremediablemente lo es siempre. De igual modo, una buena persona puede ser estúpida y, fagocitada por su condición innata, perjudicar al resto en un momento determinado de forma involuntaria.
Ahora bien, los estúpidos son mucho más peligrosos que los malvados. ¿Por qué digo esto? Porque un malvado, para llevar a cabo su plan malévolo, siempre requiere de la participación de otros para alcanzar su objetivo. Un malvado puede diseñar una estafa piramidal exquisita, pero sin el concurso de un número de estúpidos a los que estafar jamás podrá beneficiarse. Un malvado podrá tratar de manipular a las masas, pero sin una masa estúpida que se crea los mensajes que envía su propósito no se cumplirá. De igual forma, un gobernante democrático, para poder cosechar un gran número de votos, necesita recurrir a las pasiones más bajas que movilizan a los estúpidos. Si su mensaje fuera dirigido exclusivamente a una audiencia racional, no obtendría ningún beneficio. También cabe reseñar que los estúpidos de forma aislada apenas pueden causar un gran mal; es decir, un estúpido que habita en una pequeña aldea puede ocasionar un perjuicio limitado a sus vecinos, mientras que los estúpidos unidos son capaces de ocasionar grandes catástrofes a toda una nación. Si bien esto nunca debe llevar a descuidar el poder que un solo estúpido puede tener si se le encomienda una tarea fundamental. A lo largo de la historia son muchos los ejemplos en los que la estupidez de un solo hombre derivó en el desastre más absoluto. La caída de Constantinopla es quizá el mejor ejemplo. La larga lucha entre los otomanos y el Imperio bizantino concluyó el 29 de mayo de 1453 cuando Constantinopla fue conquistada por las tropas de Mehmed II en uno de los mayores asedios de la historia de la humanidad. Los otomanos eran superiores en número, su ejército estaba compuesto por no menos de 100.000 hombres. Al otro lado de las murallas, las fuerzas bizantinas no superaban los 10.000 hombres. La derrota parecía asegurada, pero inexplicablemente los sitiados conseguían repeler el ataque definitivo a través de una defensa numantina y con la ayuda de un pueblo entero que estaba dispuesto a derramar hasta la última gota de sangre para no ceder ante el invasor. El emperador Constantino XI había inspirado a sus súbditos colocándose en primera línea de la batalla, dispuesto a morir por su pueblo y su imperio.
La muralla de Teodosio, que se alzaba desde el siglo V, estaba compuesta por cinco estratos defensivos y las bajas otomanas no dejaban de aumentar al intentar —sin éxito— penetrar en la ciudad. Bizancio parecía salvada cuando de pronto, tal y como relata Stefan Zweig, unos pocos otomanos que deambulaban sin rumbo entre la primera y la segunda muralla descubrieron que la puerta llamada Kerkaporta estaba abierta. La reacción de los jenízaros fue de incredulidad; no concebían que esa puerta, que permitía llegar al corazón de la ciudad, estuviera abierta. Creyeron que se trataba de una estratagema, de una trampa por parte de los defensores y que atravesarla les costaría la vida. Aguardaron hasta contar con más refuerzos, pues esperaban una emboscada al atravesarla, pero no encontraron resistencia alguna y pudieron adentrarse al centro de la ciudad para atacar por la espalda a los defensores. La puerta quedó abierta porque al encargado de cerrarla se le olvidó. Un pequeño detalle, Kerkaporta —la puerta olvidada—, decidió la historia del mundo. Y así, sin más, la estupidez acabó con todo un imperio y para Europa significó la pérdida de un baluarte cristiano frente al islam. Un cambio en la historia de la humanidad que los historiadores comparan con el 11-S.
A raíz de la democratización, los estúpidos del mundo moderno cuentan, por ser mayoría, con el papel fundamental de escoger a sus gobernantes, o lo que es lo mismo: la estupidez es la que ostenta el poder. La pregunta que los seres dotados de una racionalidad superior al estúpido se plantean continuamente es cómo es posible que las personas estúpidas puedan alcanzar posiciones de poder y autoridad. Donde antaño los puestos de mayor responsabilidad quedaban reservados para la gente más instruida, con la llegada de la democracia estos fueron ocupados por los partidos políticos. Como explicamos en anteriores obras, esto es inevitable en las democracias modernas. No existe ejemplo alguno —ni nunca podrá existir debido a la naturaleza de la democracia— de un sistema democrático que no cuente con partidos políticos que agrupen a un gran número de personas y electores. Las elecciones democráticas brindan una gran oportunidad a la estupidez para poder perjudicar a todos los demás sin obtener ningún beneficio. Numerosos son los ejemplos de cómo una nación ha resultado empobrecida y denigrada a través del voto democrático porque la mayoría de las personas llamadas a votar son estúpidas. A tenor de esta realidad no resulta extraño que el poder político haya azuzado el potencial nocivo de los estúpidos. Incluso el gobernante hace uso de su inteligencia malvada para fomentar la estupidez y así poder manipular mejor a la masa, que, como veremos, es estúpida por naturaleza. La masa, con su alma burda y estúpida, se entrega para saborear los bienes de la democracia convertida irremediablemente en la competición de los necios.

Una persona normal, si entendemos normalidad como lo habitual, es estúpida; por lo tanto, ser normal es ser estúpido. Lo extraordinario, lo anormal —esto es, lo que se sale de lo común— es no serlo. Por eso nos vemos obligados a construir la pirámide con un grueso de personas estúpidas —una mayoría—, una minoría con capacidad de raciocinio, gente talentosa y la élite compuesta por un número muy limitado de los más brillantes de los talentosos. Adviértase que no estoy defendiendo bajo ningún concepto erradicar a los estúpidos. Las prácticas eugenésicas resultan del todo inmorales e inhumanas. Sería tan absurdo como pretender acabar con la maldad o la fealdad. Todas ellas forman parte de la naturaleza humana y pretender luchar contra ella es un imposible. Es más, uno de los signos de la estupidez es la funesta ilusión de que la naturaleza humana es moldeable a través de la ley y que algún día la legislación será la correcta y la utopía se verá cumplida. Partiendo de sus premisas, uno podría argüir cosas tan ridículas como que es posible acabar con la tristeza, la sordera o la miopía porque la ley todopoderosa las prohíbe. La desigualdad es algo propio de la naturaleza humana y los brillantes, una excepción que nos ayuda a recordar lo grandiosos que podemos llegar a ser.
Otra de las grandes singularidades del estúpido es que no escarmienta en cuerpo ajeno. Los cubanos aseguraban que la revolución comunista no podría triunfar en su isla, posteriormente los venezolanos aseguraban que ellos no eran como Cuba y ahora tienen un orangután como presidente. Los argentinos, los nicaragüenses y las demás regiones hispanoamericanas afirmaban que ellos eran más listos que los otros. El estúpido se sobrevalora a sí mismo continuamente y cuenta con la terrible característica de ser incapaz de aprender a través de la observación. Supongamos que uno se halla enfrente de una casa donde hay una pequeña fila para entrar en ella, y cada poco la gente sale con quemaduras de tercer grado. Bastaría observar un solo caso para comprender que algo ocurre en su interior y no es conveniente entrar. El estúpido, por el contrario, entra. Necesita vivir en sus propias carnes lo que otros han vivido y relatado. No le parecen suficientes miles de años de historia para comprender que si haces A, el resultado será siempre el mismo. La lógica —derivada de la razón— es uno de los grandes puntos de ventaja de los humanos sobre el resto de los animales. Sin embargo, no todos son capaces de aplicarla correctamente. De hacerlo, se podrían evitar innumerables desdichas que nos rodean cotidianamente. El aprendizaje a través de la observación de terceros podría evitarnos grandes males, pero el estúpido es incapaz de recurrir a ella.
El hecho de carecer del poder de la observación impide que la estupidez pueda emular a los mejores. Esto también se da en el reino animal. El pez arquero, por poner uno de los miles de ejemplos que podríamos enumerar, posee una técnica enormemente sofisticada para cazar a sus presas: escupirles agua. A través de su boca son capaces de lanzar potentes chorros de agua a los insectos que habitan en las plantas que rodean su hábitat, especialmente los estuarios de los ríos, las aguas costeras salobres de Asia y los manglares. Su técnica requiere una complejidad todavía mayor, pues ese preciso chorro de agua lanzado a presión debe impactar directamente sobre los insectos calculando la distorsión que genera la refracción de la luz al pasar del agua al aire, como ocurre cuando sumergimos una vara en el agua. Aun así, logra impactar a los insectos para que caigan al agua y devorarlos. Incluso hasta el pez arquero es capaz de aprender a través de la observación de sus semejantes. Los novatos se fijan en cómo consiguen sus presas los mejores cazadores para luego emularlos y obtener ellos las suyas propias. Pero no, el milagro humano consiste en poder sobrevivir a pesar de ser profundamente estúpidos. Aunque tampoco el pez arquero queda exento de sufrir a los menos talentosos que, incapaces de depurar su técnica a la hora de cazar, se limitan a robar las presas cazadas por otros conforme caen al agua. Hasta en el reino animal hay estúpidos que lastran a los más válidos obligándoles a cazar más de lo que sería necesario.
Otra de las razones por la que los estúpidos son más peligrosos que los malvados es la incapacidad que posee la persona razonable de prever sus movimientos o acciones. Una persona racional puede comprender perfectamente la inteligencia malvada de Hitler o Stalin. Ambos personajes siniestros seguían una calculada estrategia forjada en la racionalidad, aunque esta fuera destinada a hacer el mal. Esto permitía poder anticiparse a sus movimientos, comprender por qué hacían o decían tal cosa y, en última instancia, entender cuáles eran sus deplorables y oscuras intenciones. No ocurre lo propio con los estúpidos, que no siguen estrategia o razonamiento alguno. El estúpido actúa sin un plan, sin una estrategia elaborada, actúa a golpe de estímulos irracionales, sus actos son erráticos, sus aspiraciones absurdas, y aparece en los momentos más inoportunos e improbables. No existe forma humana de poder anticiparse a un movimiento estúpido. Por eso Dios tiene un gran sentido del humor: creó al estúpido de tal forma que resultara indescifrable. Ni la mente más brillante de la humanidad es capaz de adelantarse a un estúpido para protegerse de su ataque.
En cierta forma es como tratar de dialogar con los defensores del movimiento terraplanista. ¿Cómo convencer a alguien que sostiene continuamente que todas las pruebas que demuestran que la Tierra no es plana son falsas? ¿Cómo razonar con un tipo que asegura que el cielo no es azul, sino verde? ¿Qué clase de debate racional cabe ahí? Ninguno. Simplemente la persona es estúpida o un malvado que se quiere aprovechar de los estúpidos. No cabe otra posibilidad. Frente a una persona estúpida, al ser de todo punto imposible comprender su nulo razonamiento, el individuo racional se halla completamente indefenso. También hay que tener en cuenta el hecho de que la persona estúpida no sabe que lo es. El que es inteligente lo sabe en mayor o menor medida, pues la humildad suele acompañarle. Igualmente, el malvado sabe que es un ser despreciable y por eso recurre a disfrazar sus acciones para no ser descubierto. El estúpido se exhibe sin remordimientos llegando al punto de alardear de su acción ridícula porque cree haber tenido una idea brillante.
Por todo lo expuesto, el estúpido es enormemente más peligroso que el perverso. Cuando los estúpidos entran en acción todo cambia o, más bien, cuando los estúpidos son los que tienen el poder. A lo largo de los siglos, la estupidez, me temo, ha sido una constante que no ha cambiado sin importar la región que escojamos. La diferencia entre las sociedades prósperas y las decadentes reside en el lugar que ocupan los estúpidos. Mientras que las sociedades que avanzan los relegan a su posición natural, las sociedades decadentes permiten que ellos sean los que gobiernen, decidan, impongan y legislen. No es que un país entre en decadencia porque el porcentaje de estúpidos haya aumentado, sino porque los individuos que están en el poder deben su cargo a la estupidez. La humanidad, por lo tanto, siempre se ha encontrado en ese estado deplorable soportando desdichas y calamidades de todo tipo. No debería sofocarnos, alarmarnos y mucho menos preocuparnos el nivel de estupidez. Por el contrario, lo que sí es enormemente preocupante es el poder que se le ha concedido a la estupidez en nuestra era.


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